[estos relatos corresponden a algún día en los noventa porteños]
Suspiró con resignación ¿Por qué se empecinan? Digo yo.
¿Será que es tan necesario para la vida de una?
Me miro en posición. Frágil. Esquelética y diminuta. Puras ojeras y hoyuelos.
Mis pelos arratonados apenas se mecen con el viento porque me mantengo estática.
Papá quiere que esté en movimiento.
Y ahí vamos de nuevo. Lo siento empujar con fuerza. Asumo una velocidad inimaginable, mis cachetes agujereados se llenan de frío.
Viento en la cara, entrecierro los ojos y con actitud de fiera maleva agudizo la vista y me preparo para dar el salto.
Pedal pedal.
Ahí voy, soledad, equilibrio y maduración.
Ahí voy toda frágil blancuzca y arratonada.
Ahí voy y hacia la reja fui.
Cai estampada. Estática me quedé. Estática y con posibles frutillas en algún lugar.
Balbuceo cosas, no quiero llorar. Me da vergüenza llorar. Quiero que me devuelvan las rueditas y nadie me empuje hacia ningún lugar.
Quiero mi libertad.
Claro que no sabía nada de libertad.
Entre mis propias angustiosas palabras logro encontrar la respuesta a mis repetidas estampadas contra la reja de Libertador.
-mamá no me da sopa.
La sopa, aparentemente, era la fuente de vitalidad. De mi andar rumbeando sobre ruedas.
De disfrutar paseos estacionales con calorcito, fresco, luna y estrellas, o una lluvia amigable.
Gracias mamá por darme sopa para andar por la vida...tratando de mantener el equilibrio, absorta, sumida, distraída, a veces mirando al cielo, dichosa, de paseo en bicicleta.
Gracias mamá.