jueves, 23 de agosto de 2018

Crónicas rotas XVII

Mar blanco de nubes, algo grisáceas. Violetas, tal vez azules.
Blandas esponjas de cielo.
Ella iba saltando por el asfalto gélido por el que transitaba su rutina.
Con los ojos en ese océano lejano.
- qué suave sos. Pensaba.
- qué ansiedad la necesidad de flotar.
A diario se preguntaba qué le impedía despegarse y desprender.
Buscadora inagotable de soluciones, un buen día decidió. Flotar.
Se sentó decisión a pensar. Racional. A tomar notas. Sin descanso. Agobiada y agotada.
Su decisión y su ímpetu fueron inútiles. Corría el reloj, cada segundo cada hora y milimétrico tiempo se había empecinado en arribar a aquel mar blanco de nubes suaves y consoladoras.
Al cabo su razón se rindió. Al cabo lo calculado perdió el cálculo y la solución no existió.
Así rendida, tristes sus fibras y lágrimas brotando desde el corazón, quedó angustiosa humanidad contemplando percibió atónita cada luz y sombra. Sintió que hasta veía el viento y el aire. Olió el invierno.
Contempló la inmensidad, se supo minúscula.
Se le pasaron las horas, corazón latiendo.
Se empachó de la inagotable belleza de la creación. Y suspiró de asombro en cuanto su corazón sintió la extraordinaria presencia misteriosa del creador.
Se rindió a la contemplación, a la absoluta posesión de un silencio revelador.
Su razón se compaginó y bailó al compás de un corazón inquieto.
Se le escurrió el tiempo.
Se encontró flotando.
Tocando el cielo
Viviendo en babia

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