domingo, 9 de septiembre de 2018

Crónicas rotas XVIII

Iba bajando. Bajando o descendiendo.
Iba. Empezando. Iba abriendo el paquete rutinario.
Iba portando sus ojos. Iba portandose a si misma. Iba acompañada de su mochila, la metafórica y la real.
Caminando, cruzando calles. Desventura la que la llevo a subirse a ese extraño 152.
Iba abandonando la capital sumergida en un sin fin. Iba portando su insomnio. El que la besaba sin asco hace como unos nueve años.
Iba acostumbrada a que le pese intolerante el lunes.
Iba acostumbrada.
Se detuvo yendo. A mirar. A contemplar. Vio miles de pantallas, sintió que algunas debían ser tan necesarias como la suya. Se sonrió porque iba sintiendo una suerte de encanto.
Iba transportando con ella su pantalla frágil. El universo conocido y por conocer.
Se detuvo yendo. A pensar. Iba pensando en su fragilidad. En el otoño que pasó. En los cielos que supo surcar.
Iba viajando sola y rodeada de caras que no ven. No sonríen, no dicen buen día porque el viaje aumentó por millonesima vez. -y hoy va a llover, pensó.
Iba rezando, iba pensando que tenía unos pocos años, iba sintiéndose linda.
Se detuvo en el pensamiento. Se detuvo en su adultez y le dió miedo.
Vio esas caras inconexas. Vio sus pantallas. Vio que era primavera. Se detuvo en su dolor. Recordó que le dolía. Su razón le recordó que era arduo vivir. Perdió la ilusión. Sintió todo el peso de su falta de sueño, y de tiempo, y de arte, y de novelas. Y de vos.
Sintió el peso del camino que iba transitando cual transeúnte olvidada en el fondo de un extraño 152.
Sintió que soñar era un eufemismo.

Iba bajando. Iba descendiendo hacia su universo más real.

Iba llegando tarde. Iba perdiendo el tren. Iba pasándose de parada.

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