Marcos 9, 5
Pedro dijo a Jesús: 'Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías'.
Se desdibujan las las calles.
La Buenos Aires queda desencantada ante la imponencia.
No logro resolver bien qué pero hay un aire especial.
Un aliento sobrenatural.
Ya septiembre me parece extrañamente único.
Único para el sentir del sol, para el amor y para lo eterno.
Así, desconfigurándose va y se van viviendo las horas y los tiempos.
No es un tiempo terrenal.
En la vida del que camina es un tiempo de a pasos. La vida se mide en la lejanía a la meta. La vida se mide en el cansancio. En los kilómetros. La vida se mide en el corazón ansioso por llegar.
Ya era un cuestionamiento personal peregrinar. ¿Dónde está la felicidad en kilómetros interminables?
De a poco se salpican las montañas de color. Van. Vienen entonando su propia súplica con los pies. Van de a millares. Se distinguen los misachicos como destellos de los rayos de la luz divina. Van con sus penas, sus gracias y sus dolores. Van Iglesia peregrina.
Van y vienen a desconfigurar las calles. A transformar el espacio. Vienen a romper los minutos porque el tiempo del peregrino late con la meta.
Así te tránsito entonces como un transeúnte desconocido porque te desconozco transformada. Desarmada. Cómo los corazones que a tus pies llegan. Desordenada porque su ciego orden no estaba dispuesto al servicio de Ellos pero hoy sí. Hoy con nueva forma caminás, respirás y palpitás mirando un mismo horizonte.
La lluvia viene cual agua pura a limpiar, a barrer, a purgar.
Viene dadora de vida como la de ese precioso costado supo derramar para lavar. Para limpiar y para llenar de tu vitalidad eterna.
Así sigiloso se oye un constante susurro de súplica. Frenados en oración en cualquier rincón. Sus ojos te buscan y buscan ansiosos ascender tu plegaria.
Se abren los paraguas. La marcha no se detiene.
La lluvia nos envuelve de una mística particular. De una preparación única. Así de vigilia, cerca de esos tronos inmensos, como un río caudaloso y fuerte, imparable se acercan los corazones. Se acerca esa mirada desbordada de cansancio y llanto. Se acercan esas manos y y trabajadoras dejando con una delicadeza impropia aquellos claveles que vino a ofrecerte.
Y uno se siente un niño. Con una fe niña y un corazón niño. Lleno de confianza y euforia.
¿Dónde está la felicidad?
En esta ciudad desarmada. Desconfigurado y vuelta a reconstruir sobre el camino nuevo a seguir.
En esta marea ofrenda.
En ese canto de acción de gracias. En esa alabanza en susurro que se renueva cada año, en estas vísperas, con el corazón de novios ansiosos esperando que te hagas presente en esta ciudad transformada.
Agitando pañuelos.
Irrumpe ese susurro la melodía que anuncia tu llegada. Tu cercanía tan deseada. Tañen las campanas. Festejan. Suenan el canto de la fidelidad y allí salen innumerables almas amantes que te seguirían hasta el infinito.
¿Dónde está la felicidad?
En ese llanto colmado de una emoción que no cabe en palabras.
En la Madre. Y en la eterna presencia de mi madre entre cada calle y cada perfume de esta tierra.
Y en el Madero. Bendita escuela consuelo y paradoja del amor.
¿Qué tendrás que tan sólo deseamos tu presencia mucho tiempo más?
El triduo vivido. Lleno de gracias.
Tiempo del Milagro
Tiempo sin tiempo que queda en el corazón pesando bello de disfrutar de tu cercanía. Y de la fiesta del cielo.
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