viernes, 28 de septiembre de 2018

Tiempo ocular

Hubo un tiempo, en el que su mirada estaba encerrada en un círculo de sol. Dorado. Con brillantes rayos fugaces que se dilataban con las pupilas.
Hubo un tiempo de verde sabroso. Verde selva y verde agua. Tiempo de otoño, donde el cielo se presumía recortado por el dorado de las hojas.
Hubo un tiempo de reverdecer. De morir y nacer. Tiempo de paz, tiempo de algún brote de vida nueva. Ojos nítidos a la espera del rayo de sol.
Hubo un tiempo en el que el cielo se hizo ausencia. Se pobló de gris. Se llenó de humedad y cubrió de polvo su horizonte.
Ojos color del tiempo se pintaron de tormenta. Su verde se volvió gris. Simbiosis de lluvia, derramaron lágrimas saladas rindiendole honores a lo que se comentaba.

Esos ojos controlan el clima.
O el clima los controla.

domingo, 23 de septiembre de 2018

Microrrelatos

Sintió el dorado Febo hacerle cosquillas
Apenas unas aves escandalosas rompían a lo lejos la armonía del agua y el viento suave serrano.
Sintió que llevaba el corazón cargado.
Y le pesaban las mariposas estomacales.
Soñar. Sueño real y gratuito. La paz compañera de todas estas ilusiones venía sentada en la luna blanca contemplando la escena.
Sintió el dorado Febo que le hacía compañía apenas rozando sus hoyueladas mejillas.
Sintió que llevaba el corazón cargado y los ojos llenos de su verdor. Le pesaron los párpados.
Se dejó dormir.
Dormir al sol.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Crónica de una peregrinación

Marcos 9, 5

Pedro dijo a Jesús: 'Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías'.



Se desdibujan las las calles.
La Buenos Aires queda desencantada ante la imponencia.
No logro resolver bien qué pero hay un aire especial.
Un aliento sobrenatural.
Ya septiembre me parece extrañamente único.
Único para el sentir del sol, para el amor y para lo eterno.
Así, desconfigurándose va y se van viviendo las horas y los tiempos.
No es un tiempo terrenal.
En la vida del que camina es un tiempo de a pasos. La vida se mide en la lejanía a la meta. La vida se mide en el cansancio. En los kilómetros. La vida se mide en el corazón ansioso por llegar.
Ya era un cuestionamiento personal peregrinar. ¿Dónde está la felicidad en kilómetros interminables?
De a poco se salpican las montañas de color. Van. Vienen entonando su propia súplica con los pies. Van de a millares. Se distinguen los misachicos como destellos de los rayos de la luz divina. Van con sus penas, sus gracias y sus dolores. Van Iglesia peregrina.
Van y vienen a desconfigurar las calles. A transformar el espacio. Vienen a romper los minutos porque el tiempo del peregrino late con la meta.
Así te tránsito entonces como un transeúnte desconocido porque te desconozco transformada. Desarmada. Cómo los corazones que a tus pies llegan. Desordenada porque su ciego orden no estaba dispuesto al servicio de Ellos pero hoy sí. Hoy con nueva forma caminás, respirás y palpitás mirando un mismo horizonte.

La lluvia viene cual agua pura a limpiar, a barrer, a purgar.
Viene dadora de vida como la de ese precioso costado supo derramar para lavar. Para limpiar y para llenar de tu vitalidad eterna.
Así sigiloso se oye un constante susurro de súplica. Frenados en oración en cualquier rincón. Sus ojos te buscan y buscan ansiosos ascender tu plegaria.
Se abren los paraguas. La marcha no se detiene.
La lluvia nos envuelve de una mística particular. De una preparación única. Así de vigilia, cerca de esos tronos inmensos, como un río caudaloso y fuerte, imparable se acercan los corazones. Se acerca esa mirada desbordada de cansancio y llanto. Se acercan esas manos y y trabajadoras dejando con una delicadeza impropia aquellos claveles que vino a ofrecerte.
Y uno se siente un niño. Con una fe niña y un corazón niño. Lleno de confianza y euforia.
¿Dónde está la felicidad?
En esta ciudad desarmada. Desconfigurado y vuelta a reconstruir sobre el camino nuevo a seguir.
En esta marea ofrenda.
En ese canto de acción de gracias. En esa alabanza en susurro que se renueva cada año,  en estas vísperas, con el corazón de novios ansiosos esperando que te hagas presente en esta ciudad transformada.
Agitando pañuelos.
Irrumpe ese susurro la melodía que anuncia tu llegada. Tu cercanía tan deseada. Tañen las campanas. Festejan. Suenan el canto de la fidelidad y allí salen innumerables almas amantes que te seguirían hasta el infinito.
¿Dónde está la felicidad?
En ese llanto colmado de una emoción que no cabe en palabras.
En la Madre. Y en la eterna presencia de mi madre entre cada calle y cada perfume de esta tierra.
Y en el Madero. Bendita escuela consuelo y paradoja del amor.
¿Qué tendrás que tan sólo deseamos tu presencia mucho tiempo más?

El triduo vivido. Lleno de gracias.
Tiempo del Milagro
Tiempo sin tiempo que queda en el corazón pesando bello de disfrutar de tu cercanía. Y de la fiesta del cielo.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Crónicas rotas XVIII

Iba bajando. Bajando o descendiendo.
Iba. Empezando. Iba abriendo el paquete rutinario.
Iba portando sus ojos. Iba portandose a si misma. Iba acompañada de su mochila, la metafórica y la real.
Caminando, cruzando calles. Desventura la que la llevo a subirse a ese extraño 152.
Iba abandonando la capital sumergida en un sin fin. Iba portando su insomnio. El que la besaba sin asco hace como unos nueve años.
Iba acostumbrada a que le pese intolerante el lunes.
Iba acostumbrada.
Se detuvo yendo. A mirar. A contemplar. Vio miles de pantallas, sintió que algunas debían ser tan necesarias como la suya. Se sonrió porque iba sintiendo una suerte de encanto.
Iba transportando con ella su pantalla frágil. El universo conocido y por conocer.
Se detuvo yendo. A pensar. Iba pensando en su fragilidad. En el otoño que pasó. En los cielos que supo surcar.
Iba viajando sola y rodeada de caras que no ven. No sonríen, no dicen buen día porque el viaje aumentó por millonesima vez. -y hoy va a llover, pensó.
Iba rezando, iba pensando que tenía unos pocos años, iba sintiéndose linda.
Se detuvo en el pensamiento. Se detuvo en su adultez y le dió miedo.
Vio esas caras inconexas. Vio sus pantallas. Vio que era primavera. Se detuvo en su dolor. Recordó que le dolía. Su razón le recordó que era arduo vivir. Perdió la ilusión. Sintió todo el peso de su falta de sueño, y de tiempo, y de arte, y de novelas. Y de vos.
Sintió el peso del camino que iba transitando cual transeúnte olvidada en el fondo de un extraño 152.
Sintió que soñar era un eufemismo.

Iba bajando. Iba descendiendo hacia su universo más real.

Iba llegando tarde. Iba perdiendo el tren. Iba pasándose de parada.