lunes, 26 de noviembre de 2018

Microrrelatos

¿Qué será de la Patria más que el recóndito llamado de la sangre....?
La sangre.
Sumergida en un rincón de esta bestia portuaria, sentí el estruendo lejano de unas palmas.
Cual sonámbula deambule buscándote, melodía.
Iba mareada entre el trajín ruidoso que desarma.
Iba casi que olfateando, tanteando ese tañir metálico de una botas bravas en el asfalto.
Iba buscando los chasquidos de un romance cantado. Sentía a lo lejos aguzando el oído. Subían arremolinadas unas coplas de añoranza.
Ese amor eterno que algún cantor le dedicó a la señorita de sus sueños, entre peña y vino.
Estruendo de fondo rompiendo la jungla de la individualidad, bombos, cajas y ese carnavalito de carpas en enero.
Revoleando pañuelos, concentrados los ojos desarmando miradas.
Qué será de la Patria, sino la sangre. La sangre de Salta, paraíso terrenal.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Crónicas rotas XX

Se trata de un mito. O de una realidad. No se sabe bien.
Lo cierto es que yo casi que pude comprobarlo.
No sé bien.
Lo cierto es que claramente existe. Se trata de un ente real. No sé bien
Dudamos que no sea de este mundo, porque aparentemente es bastante convencional.
Lo peculiar quizás radique en ese campo impenetrable. Ajeno y lejano.
De eso, seguro estoy, de que me provoca pavor. Una suerte de pánico visceral.
No sé bien.
En mi rutina diaria, me topé con su humanidad. Tampoco comprendo si esa capa de ozono que la rodea puede llamarse  humano, pero supongo que estaría bien decir que es persona.
Me atreví, no sé bien porqué, a acercarme. Yo quería ver. Quería comprobar lo que el mito decía, quería resolver el misterio de lo desconocido.
Me llené de una valentía insólita. No sé bien a qué se debió mi cercanía.
La humanidad me devolvió su desprecio. Pero fue un desprecio encantador. Por lo que no me aparte. Quería resolver.
Y así resuelto, sentí la rugosidad de su cáscara.
Lo áspero que la recubría. Ese campo inaccesible que la escondía. ¿O la protegía?
No sé bien.
Quise liberarla. Sentí esa imperiosa necesidad de romper con esa cárcel de peso sólido y plomizo.
Me esforcé. Use todos los medios posibles. Mi persona quedó absolutamente sumida a la miseria del agotamiento. Jadeante de aquel esfuerzo.
Pero la cascara-caparazon seguía ahí. Intacta, arraigada y encarnada.
Lentamente la dejé alejarse.
De lejos contemplé su belleza. Todas las sutilezas de su bella alma. Todos los recovecos de pensamientos.
De lejos, sin hacerme doler ya, comprendí su peculiaridad.
Comprendí que desarmarla necesitaba tiempo.
Tiempo que yo no tenía.
Que nadie tenía.
Comprendí que yo quería desarmarla. Para amarla.

Pero no tenía tiempo. No sé.

sábado, 3 de noviembre de 2018

De armas tomar

Transitaba su rutina, presurosa, nerviosa, sola, inquieta.
Estaba agitada y agobiada.
Y le pesaba la soledad.
Muchas cosas le pesaban. Los pies, la panza, la cabeza, los ojos luchaban por no volverse grietas en su rostro.
Iba hecha un drama.
Así, dramática ella, se decidió a dar batalla.

Al principio la estrategia fue rápida. Veloces fueron pasando, cuenta a cuenta. Ellas iban deslizándose dramáticamente entre sus dedos.
Cuenta a cuenta
Regalo divino.
Elevación del alma.
Diálogo amoroso.
Plegaria. Súplica, grito de enojo. Y mirada entre lágrimas.

Ayúdame mamá.

Se le escapó entre una cuenta el agónico grito en silencio.

A veces pequeño y de metal. Iba el arma escondida entre los avatares de su diaria.
Iba colgado de madera, enmarcado la misma garganta que elevaba el cántico y la alabanza.
Otras veces redondo y perfumado de rosas.
Rústico, pequeño, en decenas o en cincuenta cuentas. Lujoso, nuevo, sin pasado o tal vez representando toda la herencia posible.

La batalla tiene múltiples caras.
El arma viene en forma de cuentas, de misterios y de corona de rosas.
La batalla es camaleónica y se entromete nigérrima en todos los rincones posibles.

El arma vino como regalo. Bajado del cielo. Y se llama Rosario.