miércoles, 14 de noviembre de 2018

Crónicas rotas XX

Se trata de un mito. O de una realidad. No se sabe bien.
Lo cierto es que yo casi que pude comprobarlo.
No sé bien.
Lo cierto es que claramente existe. Se trata de un ente real. No sé bien
Dudamos que no sea de este mundo, porque aparentemente es bastante convencional.
Lo peculiar quizás radique en ese campo impenetrable. Ajeno y lejano.
De eso, seguro estoy, de que me provoca pavor. Una suerte de pánico visceral.
No sé bien.
En mi rutina diaria, me topé con su humanidad. Tampoco comprendo si esa capa de ozono que la rodea puede llamarse  humano, pero supongo que estaría bien decir que es persona.
Me atreví, no sé bien porqué, a acercarme. Yo quería ver. Quería comprobar lo que el mito decía, quería resolver el misterio de lo desconocido.
Me llené de una valentía insólita. No sé bien a qué se debió mi cercanía.
La humanidad me devolvió su desprecio. Pero fue un desprecio encantador. Por lo que no me aparte. Quería resolver.
Y así resuelto, sentí la rugosidad de su cáscara.
Lo áspero que la recubría. Ese campo inaccesible que la escondía. ¿O la protegía?
No sé bien.
Quise liberarla. Sentí esa imperiosa necesidad de romper con esa cárcel de peso sólido y plomizo.
Me esforcé. Use todos los medios posibles. Mi persona quedó absolutamente sumida a la miseria del agotamiento. Jadeante de aquel esfuerzo.
Pero la cascara-caparazon seguía ahí. Intacta, arraigada y encarnada.
Lentamente la dejé alejarse.
De lejos contemplé su belleza. Todas las sutilezas de su bella alma. Todos los recovecos de pensamientos.
De lejos, sin hacerme doler ya, comprendí su peculiaridad.
Comprendí que desarmarla necesitaba tiempo.
Tiempo que yo no tenía.
Que nadie tenía.
Comprendí que yo quería desarmarla. Para amarla.

Pero no tenía tiempo. No sé.

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