sábado, 3 de noviembre de 2018

De armas tomar

Transitaba su rutina, presurosa, nerviosa, sola, inquieta.
Estaba agitada y agobiada.
Y le pesaba la soledad.
Muchas cosas le pesaban. Los pies, la panza, la cabeza, los ojos luchaban por no volverse grietas en su rostro.
Iba hecha un drama.
Así, dramática ella, se decidió a dar batalla.

Al principio la estrategia fue rápida. Veloces fueron pasando, cuenta a cuenta. Ellas iban deslizándose dramáticamente entre sus dedos.
Cuenta a cuenta
Regalo divino.
Elevación del alma.
Diálogo amoroso.
Plegaria. Súplica, grito de enojo. Y mirada entre lágrimas.

Ayúdame mamá.

Se le escapó entre una cuenta el agónico grito en silencio.

A veces pequeño y de metal. Iba el arma escondida entre los avatares de su diaria.
Iba colgado de madera, enmarcado la misma garganta que elevaba el cántico y la alabanza.
Otras veces redondo y perfumado de rosas.
Rústico, pequeño, en decenas o en cincuenta cuentas. Lujoso, nuevo, sin pasado o tal vez representando toda la herencia posible.

La batalla tiene múltiples caras.
El arma viene en forma de cuentas, de misterios y de corona de rosas.
La batalla es camaleónica y se entromete nigérrima en todos los rincones posibles.

El arma vino como regalo. Bajado del cielo. Y se llama Rosario.

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