miércoles, 12 de diciembre de 2018

Noche estrellada

Sonaba de fondo el canturreo de unos grillos atrevidos. Luciérnagas mareadas deambulaban en el espeso aire de aquel cielo áspero y espeso.


Noche estrellada.


Noche especial.


Entre este cántico natural y ese olor a hojarasca seca depositaba el Rey su pequeñez. La metáfora de la fragilidad. Ya portaba glorias únicas en la suavidad de su existencia.


Rompía la sinfonía de los insectos con un llanto entrecortado. La humanidad.


Encerraba en sus ojos pardos la profundidad del misterio. La divinidad.


Sin siquiera pronunciar una palabra ya se traducía su magisterio. Establo educador. Pedagogía de la contemplación. La familia deslumbrada, desbordante de alegría. Sintiendo tu majestuosa presencia.


La naturaleza se inclinó frente a tus pies. Piecesitos de vida. De Vida. Del Todo. Del Amor. En esos ínfimos dedos frágiles.


Tomando de la mano a la Madre, anticipando la entrega que nos harías luego. Dadivoso bebé. Sin siquiera poder pronunciar palabra, la mujer supo de su envío. Se supo Madre de muchos más.


Manos frágiles, suave grito de salvación. Portadoras de la misión redentora. Mínimas. Inmensas.


Casita lejana, cobijando en tu interior el secreto, el misterio, la revelación.


Noche estrellada.


Noche especial.


Buscás Bebito una morada para encontrar calor.


Buscás Redentor un corazón generoso que se disponga a dejarse salvar.


Noche del Misterio. Noche que nos envuelves entre espumas y penumbras.


Pesebre escuela, pesebre de admiración. Te atrevés a interrumpir la celebración con tu pobreza, con tu sencillez, con tu riqueza y con tu inmensidad.


Bebé, humanidad y divinidad. Volvés.


Volvés, esperando encontrar morada. Esperando que volvamos a recordar que has vuelto.


Celebración, noche especial, noche estrellada. Recordando que su corazón generoso otra vez vuelve.


Y que Él hace nuevas todas las cosas. Incluso a vos.


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