jueves, 21 de febrero de 2019

Tres veces

Qué humedad triste que se respira.
Aquella tierra agria se va trepando en los pies de los curiosos, de los que odian, de los que lloran mientras ven a la más grande víctima avanzar.
La imagen que se dibuja es difusa. Los ojos  estallando de soberbia, sonrisas burlonas. Miradas curiosas de un espectáculo que resulta pintoresco: el camino del hombre con su patíbulo a cuestas.
El aire se entrecorta con el murmullo de la multitud. ¡Ay! de vos multitud que tantos espasmos de muchedumbre agitada sos capaz de gritar. ¡Ay! de vos curioso hombre que te volviste uno más entre el gentío.
Entre tanta desidia y desprecio emerge la silueta de lo que bien supo ser un hombre.
Llagada la carne. Latigada la naturaleza.
En acto de inconsciente genuflexión ese cuerpo cae.
Ese hombre.
Cae por el peso de un árbol tallado que lo presiona hacia lo más bajo del suelo. El polvo lo envuelve y se pierde un segundo la imagen. El ícono de esta escena tan terrible. El hombre y la cruz caen.
Entre salivas y gritos de muerte la orden es clara. Qué extraña sos multitud de pan y circo.
El madero tambaleante comienza a erguirse. Se levanta interrumpiendo los rayos de luz. Se levanta interrumpiendo el tiempo de las risas burlonas. Busca ojos.
Busca ese abrazo sufriente de la madre.
La vemos ahí, desahuciada, sumergida en dolor.
La vemos decirle sin hablar. La vemos toda amor desarmándose con el Hijo.
Te has caído hijo mío.
Y la madre lejana porque conoce de la grandeza de su destino, no puede levantarlo.
Ese tu hijo ha caído.
Ese hombre salvación, se ha levantado también. Una vez.
Pero la pena sigue. Y el camino con el patíbulo a cuestas se vuelve aún más arduo.
Ese hombre ya sin forma. Ese puñado de corazón, huesos y carne amorfo aún se atreve a desafiar al circo.
Ese vero ícono queda estampado en la historia. La sangre derramada tiñendo con su amor el Sudario. ¡Qué suave bálsamo es este gesto de rebeldía al que se atrevió aquella mujer!
Suave consuelo breve y fugaz. Qué cansado está el hombre. Qué cansado.
Está humedad triste y corrosiva pierde tu imagen cayendo otra vez. El rostro antes limpio y amado se desarma en el polvo palestino.
Y el circo rompe en griterío.
El hombre y el madero se desploman sin límite.
El hombre ha caído.
Otra vez.
Suena entre la masa informe y despreciable el llanto de unas mujeres.
No lloren por mí.
La salvación de pie. Casi en espasmo continuo de dolor.
Pero de pie.
El hombre ha caído. Dos veces.
Y de la caída brotó su consuelo. Enjuagó las lágrimas que lo lloraban y se puso de pie.
En el horizonte triste se asomaba el Gólgota impaciente esperando. Deseando que dejara de caer.
Pero no pudo. El árbol hecho cruz quiso echar raíces arrojando la salvación otra vez al polvo pestilente.
Ya le pesan las caídas.
Ya no se ven esos ojos pardos.
Ya no hay nariz. O labios.
Poco queda de la Palabra.
Queda todo del Amor.
Y al poco caer el circo enardecido vociferó que te levantes porque no era ese el fin de su espectáculo.
Y no lo era.
Y ya estás de pie. Y los verdugos te desnudan y arrancan los trapos llenos de tu sangre ansiosos de su show.
Y ya estás de pie. Desnudo frente al madero.

El hombre ha caído. Tres veces.
Y estás de pie.
Esperando morir para redimir.

Qué humedad triste que se respira.
Triste por no entender que Él ha caído. Tres veces. Y se ha puesto de pie otras tres.
Triste humanidad que sabe caer, y no ponerse de pie.

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