viernes, 1 de marzo de 2019

Pájaro

Qué le falta? ¿Dónde está el problema? Él no lo sabe, pero los sabe su mujer, la única persona que puede ayudarle, una madianita que le acompaña, dejando a su padre y a su pueblo en el desierto, para compartir con él la gran tarea de la liberación del pueblo.



Arrancando de sí, su vieja vida emprendió un camino lleno de dolor.
Por momentos envalentonado con un coraje fuera de lugar, por otros sumergido en el más profundo de los miedos. En la búsqueda de un destino. De una señal. De este Yahvé desconocido.
Llevando en su conciencia el delito. Pesándole en el corazón su sentido de lo justo....¿pero hacia un esclavo? Qué moción llena de misterio lo empujó a cometer lo que el creía justicia. Liberación.
Iba casi delirando vacío cuando llego a la tierra de Madián.
Tierra de montañas, de pastores esporádicos salpicado en esa marea árida tormenta del desierto.
Sus ojos apenas rasgados pudieron recrear las siluetas escurridizas de unas mujeres. Un ramillete de mujeres se movian de forma entrecortada. Algo pasaba.
Algo estaba pasando. A unos metros y agudizando la vista el vagabundo hebreo percibió la situación. Algunos pastores errantes perturbaban la paz del ramo de mujeres.
Le brotó internamente el mismo valor que le desbordó el corazón y el cuerpo cuando vio el castigo sobre aquel esclavo...
El castigo injusto.
El destierro luego.
Así fue, como se sintió explotar y lleno de coraje y salió a la defensa de las mujeres del desierto.
Impetuoso y confiado puso en su lugar a cada quien. Se diluyeron aterrados los desubicados pastores.
Y el sacerdote Jetró supo de la bondad y grandeza de su corazón. Tanto sabía que con meticulosa suspicacia y algo de picardía lo recibió en el hogar de su rebaño. Lo acerco al fuego que brotaba de aquella reunión.
En aquella fiesta providencial el hebreo extraviado se encontró a sí mismo. En los ojos pardos inmensos de ella.
Se conmovió su espíritu al encontrarse en la marea de su mirada, ella movía su alma entera al sonido de la percusión.
Poesía en movimiento. El desorden de su cabello se mimetizaba con toda su humanidad color caoba.
Y sus ojos se encontraron y ellos en cada uno.
Y aquella ave espléndida que escondía un destino inmenso en la historia de la salvación se encontró libre viajando en la sonrisa de aquel hombre extraviado.
Jetró miraba esta escena como si hubiera sabido de antemano que la rebelde Séfora tenía para sí un momento en la historia del pueblo judío. Porque ella se entendería con las palabras de Yahvéh. Y le ofrecería también conversión.
La exótica madianita sin embargo despertó muchas miradas irritadas por su origen extranjero. Era una extraña acompañando los pasos de la liberación. Era una intrusa en la vida del pueblo elegido. Y se trataba de una mujer.

Hubo un tiempo entonces que Séfora quedó reducida en estas miradas. Porque el hombre no se atrevió a volver a su inmenso coraje.
Hubo un tiempo difícil en el que Moisés tuvo que cumplir la misión encomendada latiendo en la Zarza, ardiendo. Ese tiempo en el que un humilde pastor perdido en Madián, sumergido en el miedo, vino a liberar al pueblo de Yahvé. Enarbolando la alianza de fe de otros tiempos, se enfrentó al poder. Al mito. Se vieron entre servidores de dioses imponentes, llenos de magia y de promesas de fantasía. A los pies del rey sol.
Y con Moisés, Séfora.
El egipcio heredero del universo conocido, ahora judío sin gloria alguna, y la extranjera al linaje de David.
Liberando al pueblo elegido.

Porque la liberación viene de la Verdad y la verdad está en los que eligen dar el sí.

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