lunes, 18 de noviembre de 2019

a vuelo rasante parte II

A la orden de no llores.
Se me derraman las angustias de los ojos.
Elevo un reclamo al tiempo tirano que silencioso y a trabajo limpio me ha arrebatado la dicha de unos días. Que ahora debo guardar, custodiar y vigilar hasta el reencuentro.
Elevo también un enojo al cielo que puntual me espera para el retorno.
La meteorología emocional da lluvia.
Ya no le caben al corazón temores al vuelo.
Entre la tradicional rutina se le suman unas nubes. Nubarrones. Océanos de humedad suspendida al acecho.
Anuncian el descenso y te transformas en una nueva Magdalena de llanto.
¿Pero estás llegando a casa?
A casa.
No tuve tiempo de extrañarte atrevido hogar.
No tuve tiempo de grabarme las sierras. Me faltó tiempo para que los ojos se camuflen en lo inmenso.
A la conquista de un cielo donde se suspende la razón.
A la conquista de un cielo dejando el corazón en movimiento pendular. Queriendo llegar. Deseando volver.
Al imperativo de no llores, no hay forma diplomática de decirte que hoy Palomar estaría gritando penitas.


viernes, 15 de noviembre de 2019

A vuelo rasante parte I

Después de unas horas.
Demoras.
El corazón medio cansado.
Pesado.
De miles de revisiones climáticas.
Más allá de la meteorología habitual, se trata de un clima emocional.
El día amanece diáfano. Algunas pequeñas brumas espumosas se escurren jugando a manchar el cielo.
Está tan abrumadoramente celeste que inspira confianza.
Partida. 
Puerta seis.
La espera. La espera que se ha vuelto en espacios de la más diversa creatividad. Libros. El tradicional Jorgito de fruta. Chicles. Acuarelas. Porque la practicidad es óptima cuando se trata de volar. Y de querer llevar un mundo en la mochila. Y de querer traerte tu mundo de vuelta a casa.
A veces se demora. A veces la espera trae enojos. Viene con imprevistos. Y la ansiedad le pone kilos a la mochilita sutil que con tanta habilidad ya sabemos armar y desarmar.
Repaso de ese futuro que parece tan lejos. Y que se te escurre entre los dedos cuando se trata de un presente.
Asiento. Música. Lectura y oración el rutinario silencio antes de la velocidad.
La conquista del cielo.
Esa gloriosa curva que últimamente te agarra de noche y hoy excepcionalmente fue de día. De luminosa tarde.
El Río de la Plata en su majestuoso caudal salpicado de hilos metalizados.
Carnaval del sol entre las ondas platenses.
Cerrando la vuelta se perfila recto inmenso y hermoso el horizonte capitalino.
Que miedo le metes a los que vienen de lejos. Chiquita abrumadora. Te haces la insolente, la libre, la desarraigada y sos la más romántica de todas hablo de capital federal. No de nadie.
Y remontas los 10.000 pies.
Y el leve cosquilleo llega siempre con el café. Cuando hay café. Cosquilleo siempre.
Esa ruta transitada. Conocida. Siempre cruzada con ansias. Con miles de palabras agolpadas en los labios y un millón de abrazos que te has sabido guardar.
Un rotundo silencio auditivo te indica el descenso. La nave se sumerge con sutileza entre las pocas pícaras nubes y lo celeste se confunde con su blanca suavidad.
Leve giro. Algunos temblores. Ya no son miles de pies. En unos breves parpadeos sin sentido se atropella a la vista aquella presumida ciudad. Jocosa, coqueta, revolucionaria y vanguardista.
Capricho del destino.
En brusco ruido, el ave despliega perezosa sus patas de metal y en golpe seco se arrastra sobre el cemento de Pajas Blancas.
Buenas tardes sierras. Que lindo volver a verlas.


viernes, 8 de noviembre de 2019

Crónicas rotas XXIX

Yo simplemente expectador. 
Sencillamente detrás de escena. Ni siquiera siendo las bambalinas.
Distraída casi melancólica.
De golpe me extraño. Sus ojos perdidos escrutan el horizonte superpoblado de siluetas ajenas. Ninguna le provoca nada más que lo ajeno.
Extraño. Sus pupilas desesperadas casi cuestionan el espacio.
Siente voces. Sabe que la vida lo rodea.
Más allá, a paso veloz ella esquiva obstáculos transeúntes que le impiden su destino. Destino fortuna de los amantes ¿será?.
Apresurada porteña. 
Frena de golpe en el umbral del paraíso que los reúne. Se acomoda su flequillo y pretende desaparecer las arrugas de la blusa que seguro eligió después de un siglo de conflictos mundiales con su propia existencia.
Y pareciera que las personas desaparecen.
Que los interminables minutos de sonidos, pues lejos de música, se vuelven una melodía personal. Un telón de fondo para el idilio.
El universo contiene la respiración contemolando la contemplación de los amantes que se encuentran.
El en ella.
Ella en él.
Y se fusionan en una sonrisa beso que los transforma.
Están en otra galaxia. Y lo estarán hasta que sus existencias vuelvan a separarse. Al menos en el espacio.
Yo simplemente expectador.
Saboreo mi scotish y me pregunto qué clase de magia es, la que paraliza al mundo un viernes a la tarde.
O un jueves.
O cualquier lunes tal vez