Después de unas horas.
Demoras.
El corazón medio cansado.
Pesado.
De miles de revisiones climáticas.
Más allá de la meteorología habitual, se trata de un clima emocional.
El día amanece diáfano. Algunas pequeñas brumas espumosas se escurren jugando a manchar el cielo.
Está tan abrumadoramente celeste que inspira confianza.
Partida.
Puerta seis.
La espera. La espera que se ha vuelto en espacios de la más diversa creatividad. Libros. El tradicional Jorgito de fruta. Chicles. Acuarelas. Porque la practicidad es óptima cuando se trata de volar. Y de querer llevar un mundo en la mochila. Y de querer traerte tu mundo de vuelta a casa.
A veces se demora. A veces la espera trae enojos. Viene con imprevistos. Y la ansiedad le pone kilos a la mochilita sutil que con tanta habilidad ya sabemos armar y desarmar.
Repaso de ese futuro que parece tan lejos. Y que se te escurre entre los dedos cuando se trata de un presente.
Asiento. Música. Lectura y oración el rutinario silencio antes de la velocidad.
La conquista del cielo.
Esa gloriosa curva que últimamente te agarra de noche y hoy excepcionalmente fue de día. De luminosa tarde.
El Río de la Plata en su majestuoso caudal salpicado de hilos metalizados.
Carnaval del sol entre las ondas platenses.
Cerrando la vuelta se perfila recto inmenso y hermoso el horizonte capitalino.
Que miedo le metes a los que vienen de lejos. Chiquita abrumadora. Te haces la insolente, la libre, la desarraigada y sos la más romántica de todas hablo de capital federal. No de nadie.
Y remontas los 10.000 pies.
Y el leve cosquilleo llega siempre con el café. Cuando hay café. Cosquilleo siempre.
Esa ruta transitada. Conocida. Siempre cruzada con ansias. Con miles de palabras agolpadas en los labios y un millón de abrazos que te has sabido guardar.
Un rotundo silencio auditivo te indica el descenso. La nave se sumerge con sutileza entre las pocas pícaras nubes y lo celeste se confunde con su blanca suavidad.
Leve giro. Algunos temblores. Ya no son miles de pies. En unos breves parpadeos sin sentido se atropella a la vista aquella presumida ciudad. Jocosa, coqueta, revolucionaria y vanguardista.
Capricho del destino.
En brusco ruido, el ave despliega perezosa sus patas de metal y en golpe seco se arrastra sobre el cemento de Pajas Blancas.
Buenas tardes sierras. Que lindo volver a verlas.
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