¿O es que estamos siempre volviendo?
A la nada. Y al todo.
A lo desconocido, aventura, corazón inquieto. Calma.
Avanza la caravana a casa. Hay que empezar a habitar. A ella, porque ya hace rato nos habitamos. La caravana es pues. Vamos nosotros. Nuestros anhelos, las ansiedades, los recuerdos y los temores.
Vuelve nuestra luna de almíbar, llena de souvenires, memoriales de un romance con la tierra del vino y la belleza. (Que alguien se atreva a discutirme a la hermosa cuyana)
Vuelvo.
Vuelvo yo que fui novia, fui Anne, fui la silenciosa hija, y la huérfana.
Tuve flores entrelazadas entre mis alborotados pelos, me vesti de princesa de fantasía y realidad. Transité la ficción de la bride to be.
Me dolieron/duelen todos los abrazos que dejé entre las luces festivas de mi propio festival.
Volvemos, ¿o es que nos estamos yendo siempre?
Ojalá mis hijos tengan tanta imaginación como se es posible.
Sino, no vamos a divertirnos con los relatos de la luna de almíbar. Donde no hubo efervescencia, no hubo show.
Hubo hogares improvisados, brindis frescos con sabor a todas las ilusiones que me entran en el cuerpo.
Hubo cielos y vientos de romance.
Y también hubo lágrimas de cocodrilo porque irse y volver es agotador para esta humanidad frágil.
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