Limbo y respiración aletargada.
En mi cabeza el relato.
Mates. Tomamos unos mates en pijama.
Yo descalza ella en pantuflas.
Ambas rodete.
Tomamos el pulso de nuestra charla con esos breves silencios amigables. Ponemos en la balanza este vínculo. Esta realidad transformadora, arrolladora.
Y tan vital.
Reímos. ¿Algún consejo?
Me auto pregunto cómo habrá hecho.
Me responde.
Se me escapan algunas ideas posibles. Tanta creatividad, tanto ímpetu. Y tanta devoción. Al cielo y a su refugio. Ah es que nosotras tenemos.
Le digo, que deambulo sonámbula sin destino aparente.
Le digo que de me escaparon la líneas y se me derrama el color.
Le explico que cargo grilletes de inutilidad.
Sonríe a media sonrisa.
Porque sabe. Sabe que detrás de lo inútil, de un cansancio evasor, solo hay una niña frágil de pelos arratonados que no sabe pedir ayuda.
Y que por suerte le sobran palabras a los ojos cuando no las sabe/puede decir.
Y ahí voy, preguntándome por vez mil porque duele de a ratos más que otros.
Ahi vamos, a cara lavada escondiendo limbos en las esquinas de los ojos.
Ahi vamos madrecita, deseando como tesoros que nuestras charlas sean más que un autorrelato del día de la madre.
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