domingo, 21 de noviembre de 2021

autorrelato vol. VI

Cuando el corazón estaba prisionero de una supervivencia primitiva. Necesaria. Vital cual bocanada de aire.
Cuando al arte necesitaba contenido, necesitaba pigmento, cielo, natura. Cuando el autorrelato era la minimizacion de esos atisbos ínfimos de luz. Cazados cuál luciérnagas preciosas. Escapistas silenciosas de los que no desean autonarraciones.
Cuando su silencio fue decodificado en las suaves pupilas de su refugio; se aventuraron presurosos sierra arriba. Nómadas a sabiendas de un hogar que transportaban ellos, en sus existencias.
Noviazgo eterno.
Lo necesario en esa franja abrumadora de suelo verde y cielo celeste. No se puede más verde o más celeste.
Se encontraron con una tierra nueva, mariposas, bichos, una marea de ranas, arlequines noctámbulos.
Bell orquesta dialogando con la luna.
Nutrieron la supervivencia de lo nuevo, regada con agua cristal. Regalo de Dios.
Se escaparon algunas lágrimas, tímida acción de gracias por la creación al alcance de una súplica.
El registro de las miles de criaturas, flora y fauna, llevado en los ojos, más verdes cuando se le acumula tanto cielo.
El registro de una carpita prestada, de la hamaca amarilla y un mate atardeciendo.
El registro de lo infinitamente ricos que somos y de lo sabio que es mi marido para planear escapes.
Ojalá me agote de autorrelatos de campamentos en familia.


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