miércoles, 18 de enero de 2017

Saladita

Ella no sabe muchas cosas. Ella es divertida y sonriente. Ella cree que es su espíritu prolijamente desordenado el que sazona la vida de los otros que la rodean. Ella cree que sus besos son azúcar y sus palabras se elevan cual canela esponjosa al cielo.
Ella contempla el océano inmenso que parece que la consume, se ríe pícara, y juega el lúdico cliché de amenazar a la mar a mojarle los pies. Ríe sonsamente embriagada en su propia existencia de felicidad sabrosa. Se saborea, saborea el horizonte, el disco solar que la saluda a lo lejos y prende fuego su piel. Piel que ella cree que sabe a veces a pimienta y otras a menta alegre.
Sus pupilas se conectan con otras, las buscan con desesperación, se mueven veloces de un lado a otro. Ella asegura que sus ojos saben a veces a limón (nadie quiere la mirada alimonada) y a miel. Dulces como la miel la escuché una vez decir.
Ella mira sus manos tapando el cielo, manos de azafrán, manos de romero, manos de albahaca.
Manos que amasan dice ella. Manos de perfume, manos de consuelo, porque ella sólo castiga con los ojos. Y se expande entre sus dientes una estruendosa carcajada. Armonía de la ignorancia.
Ella sonríe. A veces deja ver sus dientes, a veces los esconde; porque sabe diferente. Sonrisa que pretende que lean lo que no pronuncia sabe a ají. Sonrisa que no necesita que lean nada llena de dientes, es fresca hierba buena.
Mientras degustaba de su propia naturaleza la vi perder su eterna sonrisa. Tuve que aproximarme en silencio hacia la sazonada muchacha. Ella tiesa no decía nada. No despedía sabor. ¿qué pasó mujer condimento? ¿qué opaca tu ritmo carnavalezco de paladar?
Es qué. Ella no sabía muchas cosas.

Hasta que una cruel lágrima se deslizó maliciosa hasta su boca. Y supo. Que la vida sabe a lagrimitas de sal.

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