Ella
no sabe muchas cosas. Ella es divertida y sonriente. Ella cree que es su espíritu
prolijamente desordenado el que sazona la vida de los otros que la rodean. Ella
cree que sus besos son azúcar y sus palabras se elevan cual canela esponjosa al
cielo.
Ella
contempla el océano inmenso que parece que la consume, se ríe pícara, y juega
el lúdico cliché de amenazar a la mar a mojarle los pies. Ríe sonsamente
embriagada en su propia existencia de felicidad sabrosa. Se saborea, saborea el
horizonte, el disco solar que la saluda a lo lejos y prende fuego su piel. Piel
que ella cree que sabe a veces a pimienta y otras a menta alegre.
Sus
pupilas se conectan con otras, las buscan con desesperación, se mueven veloces
de un lado a otro. Ella asegura que sus ojos saben a veces a limón (nadie
quiere la mirada alimonada) y a miel. Dulces como la miel la escuché una vez
decir.
Ella
mira sus manos tapando el cielo, manos de azafrán, manos de romero, manos de
albahaca.
Manos
que amasan dice ella. Manos de perfume, manos de consuelo, porque ella sólo
castiga con los ojos. Y se expande entre sus dientes una estruendosa carcajada.
Armonía de la ignorancia.
Ella
sonríe. A veces deja ver sus dientes, a veces los esconde; porque sabe
diferente. Sonrisa que pretende que lean lo que no pronuncia sabe a ají.
Sonrisa que no necesita que lean nada llena de dientes, es fresca hierba buena.
Mientras
degustaba de su propia naturaleza la vi perder su eterna sonrisa. Tuve que
aproximarme en silencio hacia la sazonada muchacha. Ella tiesa no decía nada.
No despedía sabor. ¿qué pasó mujer condimento? ¿qué opaca tu ritmo carnavalezco
de paladar?
Es
qué. Ella no sabía muchas cosas.
Hasta
que una cruel lágrima se deslizó maliciosa hasta su boca. Y supo. Que la vida
sabe a lagrimitas de sal.
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