Nigerrimo.
En oro negro sumergido el hombre, y con él, la humanidad entera.
Sumergido en lo más subterráneo de sus miserias, iba navegando nauseabundo en su propia pestilencia. Iba pidiendo perdón. Iba esperando.
La esperanza.
Iba el hombre suplicando se hiciera el día.
Temor. Tristeza en la carne. El alma plomiza pesada ya no sabía de súplicas. Había agotado sus fuerzas y ante ella la muerte.
La soledad. La desgraciada condición del egoísmo. El sonido exasperante de la respiración. La soledad. Entre las paredes frías se derraman lágrimas de derrota; ha vencido el imperio. De tu soberbia Pilato, de tu negación Pedro, de tu traición. Judas.
La muerte.
Se acelera el corazón, quiere morir de pánico porque la muerte lo persigue. Paranoia de soledad.
Devorado por la noche el hombre se esconde. No le caben tristezas en el cuerpo, es desesperación. Agitación. Angustia. Se retuerce hundido en su soledad.
Cierra los ojos y ya no sabe de plegarias.
Los entreabre porque algo lo increpa.
Vigilia.
La Madre mirando al niño. Mirando luego al hombre morir. Madre pedagogía. Madre educadora. Madre amor.
Madre mujer. Mujer comunicación. Mujer templo. Mujer. Esperando. A la Luz.
Frente a este monumento a la derrota se asoma con cautela el misterio más grande e inmenso que la humanidad supo tener.
Poseedora de toda su majestad. La luz.
Victoriosa se eleva. Destronando el imperio de la soledad.
Haciendo añicos a su paso al dolor. Restableciendo el orden. Dando principio y fin a tu existencia. Dotando de sentido a la cruz. Iluminando tu ignorancia de pecador. Haciendo posibles todas las cosas. Haciendo nuevo el universo entero.
Renovación.
El triunfo.
Y el reencuentro.
La luz acercó al alma del hombre el tesoro que ya disfrutan algunos. Y en común unión los sentimos cerca.
El mismísimo sol se rinde ante la luz del resucitado. Y el alma no sabe de gozo más grande, que saberse renovada.
Porque su propia existencia ha salido de la ultratumba, y su respirar tiene sentido.
Porque cada año, cae esa noche superpoblada de misterio. De los susurros de los angeles que esperan la noticia. Aquella noche de vela y angustia. De no saber pero presentir. Aquella noche dónde los hombres en sus miserias dieron por perdido su propio destino.
Se resignificó la humanidad entera, y el cielo nunca fue más celeste, ni la aurora fue nunca tan bienvenida.
De las heridas irreparables florecieron y dieron brotes nuevos.
Las aves elevaron una alabanza en éxtasis.
Y la luz iluminó con su esplendor eterno tu alma de hombre. Para sacarte de las tinieblas y abrazarte en la llama de su amor.
Nigérrima noche de espera para la venida renovadora de la Luz.
Alégrate, humanidad toda, que la vida tiene sentido, razón, y destino nuevo.
En la eternidad. Dónde brilla la luz que no tiene fin.
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