Abriéndose este camino por momentos serpiente, por momentos elevación, por momentos descenso.
Interrumpiendo el paisaje, cual oveja perdida y atenta. Con el corazón pesado, agobiado, con aliento a ciudad.
Caminando, iba riendo, oveja extraviada.
Y de vez en cuando se sentía la gracia de aquella pintura.
Irrumpiendo en el arte del Creador. Caminando con indiferencia. Oveja perdida.
Pero qué astucia la del Artista.
Dejando entre curvas asomarse unos claros de lo inmenso. De su bondad y gratitud, pues nada te hacía acreedora.
De su donación.
Salpicó vestigios de lo eterno.
Se dejó ver en el sol y en esas montañas brumosas haciendo de bambalinas a la caminata.
Te asaltó la imagen del pastor. De su sencillez.
De su paseo a lomo de mula. Rescatando ovejas.
Yendo a tu encuentro.
Se te escaparon algunas Ave María.
Se escurrió de tu aliento un suspiro. De corazón extasiado, y de petición.
Los pasos se transformaron como tu alma en plegaria, petición.
Oveja perdida y porfiada.
Y pequeña. Tan mínimamente ínfima ante tan generoso pastor.
Contemplando con dicha la imagen del pastor con olor a pastor. Pidiéndole. Elevándo algunos garabatos de oración, porque las ovejas rezan con torpeza.
Con un cansancio bien lindo.
Esperando que el agua de la gracia del Pastor nos renueve.
Pues «La gracia de Dios es como la lluvia que a todos moja.»
domingo, 22 de septiembre de 2019
Pastor con olor a Pastor
martes, 17 de septiembre de 2019
Microrrelatos
Corren carnavalezcos, juegan y fabrican destinos.
Y se deshacen. Se desvanecen mágicamente.
Y destruyen castillos del cielo.
Pues no hay medida para lo eterno.
¿Y para la ausencia?
Tampoco son centímetro para el dolor.
Con sigilo conspirativo van, roedores, deglutiendo los minutos y las horas.
A su paso dejan marcas, secuelas imborrables.
Deshacen lo eterno y dejan marcas sin tiempo.
Eternas.
Se arraigan con tanta violencia que al eco de la pregunta se derrumba la esperanza.
¿Tenés tiempo?
lunes, 16 de septiembre de 2019
Crónicas rotas XXVIII
En tus ya incontables arrugas, caminos bifurcados que hacen las veces de marco oval.
En las manos que decoras para evadir el recuerdo.
En esa risa. Esa risa y sonrisa.
En la línea curva que se une con tus ojos y los hacen sonreír.
En las evasiones mentales, planetas paralelos en los que transitas la vida siempre que podés.
En el refugio que representa el norte, como si la sangre quisiera salir escurridiza.
En las noches en vela y desvelo. Imaginando, ilusiones.
En ese carácter huracanado que a veces quisieras dominar. Algunas veces. Pocas veces.
En la rebelión rebelde que transitas.
En la pequeñez de tu altura.
La humanidad que habita te busca.
A veces te encuentra en una absurda avalancha de lagrimas, o bien en la comisura de tus labios.
Cuál niña desolada corre al espejo.
Y solo recibe su propio reflejo, aunque quiera que seas vos la que le devuelva la mirada.
lunes, 9 de septiembre de 2019
Crónicas rotas XXVII
Ya de madrugada vas respirando distinto.
En principio es tan solo un suspiro entrecortado por esa euforia optimista y adolescente de que todavía tenés tiempo.
Ciertamente hay todavía minutos en el tintero. Pero, la tinta se derrama con facilidad.
Exploras en los rincones de tu cabeza alguna palabra pérdida que habías pensado decir. No te sale nada. Porque la verdad es que el corazón está en una suerte de shock involuntario. Fruto de la desazón.
Es notable el esfuerzo. Gran entrenamiento muscular desde las comisuras hasta los vórtices de los ojos. Ahí es donde corre peligro tu humanidad entera. Los gestos pueden ser estudiados, prolijos y lejos de cualquier arrebato. Pero los ojos no. Se te caen un poco los papeles y la ficción que pretendes vender de "acá no pasa nada".
Lentamente se te musicaliza el evento. (Por qué si musicalizas toda tu vida, lógicamente esto también)
Y vas abandonando esa pubertad ignorante. Sentís el peso de la vejez del tiempo en las comisuras. Te cuesta sostener ese rictus.
Y tu cuerpo se sumerge en un silencio de cemento.
Frío y cálido a la vez. Si lo miras de cerca es un evento épico. Digno de una tragedia medieval o decimonónica. La lucha por permanecer, por abandonar ese coctail de hartazgo con una pizca de corazón desahuciado.
¡Ah es que el amante es particularmente cínico con su propia existencia!
En ese campo de Marte que es el pensamiento se entonan himnos de autoconvencimiento.
De lo más originales hasta lo más básico y cliché: ya se va a pasar.
Pero no. La despedida de vuelve cada vez más insoportable. Espectacular y superpoblada de llanto.
Gran imagen.
Pero lo es.
Porque el ritual empieza y termina. Porque despedirse deja un sabor a azufre o a margarita de funeral; pero la promesa sigue intacta.
Y porque en este acto no hay ficción.
Y seguramente las lágrimas son más redondas gordas y oceánicas.
La melancolía queda flotando en el aire unos días. Y de vez en cuando se te escapa un suspiro. Esos lunes son amargos y ácidos a la vez.
Pero se pasan.
Y la agenda ya marca un reencuentro.
Y una despedida.