lunes, 9 de septiembre de 2019

Crónicas rotas XXVII

Ya de madrugada vas respirando distinto.
En principio es tan solo un suspiro entrecortado por esa euforia optimista y adolescente de que todavía tenés tiempo.
Ciertamente hay todavía minutos en el tintero. Pero, la tinta se derrama con facilidad.
Exploras en los rincones de tu cabeza alguna palabra pérdida que habías pensado decir. No te sale nada. Porque la verdad es que el corazón está en una suerte de shock involuntario. Fruto de la desazón.
Es notable el esfuerzo. Gran entrenamiento muscular desde las comisuras hasta los vórtices de los ojos. Ahí es donde corre peligro tu humanidad entera. Los gestos pueden ser estudiados, prolijos y lejos de cualquier arrebato. Pero los ojos no. Se te caen un poco los papeles y la ficción que pretendes vender de "acá no pasa nada".
Lentamente se te musicaliza el evento. (Por qué si musicalizas toda tu vida, lógicamente esto también)
Y vas abandonando esa pubertad ignorante. Sentís el peso de la vejez del tiempo en las comisuras. Te cuesta sostener ese rictus.
Y tu cuerpo se sumerge en un silencio de cemento.
Frío y cálido a la vez. Si lo miras de cerca es un evento épico. Digno de una tragedia medieval o decimonónica. La lucha por permanecer, por abandonar ese coctail de hartazgo con una pizca de corazón desahuciado.
¡Ah es que el amante es particularmente cínico con su propia existencia!
En ese campo de Marte que es el  pensamiento se entonan himnos de autoconvencimiento.
De lo más originales hasta lo más básico y cliché: ya se va a pasar.
Pero no. La despedida de vuelve cada vez más insoportable. Espectacular y superpoblada de llanto.
Gran imagen.
Pero lo es.
Porque el ritual empieza y termina. Porque despedirse deja un sabor a azufre o a margarita de funeral; pero la promesa sigue intacta.
Y porque en este acto no hay ficción.
Y seguramente las lágrimas son más redondas gordas y oceánicas.
La melancolía queda flotando en el aire unos días. Y de vez en cuando se te escapa un suspiro. Esos lunes son amargos y ácidos a la vez.
Pero se pasan.
Y la agenda ya marca un reencuentro.
Y una despedida.

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