sábado, 25 de abril de 2020

Microrrelato de Cuarentena


Ese sábado gris, despierta, con el movimiento aletargado de una rutina mezclada, interminable, incierta.
No llega a despabilarse, pero se mueve. De desplaza con la torpeza espasmódica de un púber.
El día sin tiempo porque cuando llueve se mezclan las horas y las mañanas son una noche eterna. En suspensión.
Como la sensación que abriga tu alma. Suspenso. Parálisis.
¿y si paralizamos el ruido? ¿Si detenemos las gotas de agua redondas que bajan con ira sobre la tierra? ¿Si suspendemos los deberes un segundo y abrazamos esta condición de sueño?
Entonces la respiración va pausándose. Te da vergüenza quebrar la atmósfera con tu existencia.
Y la mirada sabatina se detiene, y atraviesa los deberes pixelados del agobio. Esa pasión tan cercana al hastío hoy.
Se te escapa el cuerpo, se moja cosquilleante por la garúa. Bella tormenta quien hubiera dicho calma.
Y el espíritu se zambulle entre los majestuosos gigantes otoñales que se han levantado mientras no te dabas cuenta, porque suspendiste.
Suspendiste el alma y nos los viste. Brotar.
...
Que dicha con la que se despierta ese sábado gris que puso en suspenso todo. Menos la contemplación. De la creación.

lunes, 13 de abril de 2020

microrrelato de cuarentena

Desplegando. Tus alas
Desplegandote. A veces lento. A veces intempestivo y tormentosamente emocional. Cómo si el árbol estirara sus ramas endurecidas de invierno. Pues ha llegado la primavera.
En ese movimiento íntimo de comunión.
De fusión.
Dónde tú isla se habita.
Dónde el latido se multiplica.
Dónde la respiración se acompasa. 
Dónde la paz. 
Y tú cuerpo abandona su soledad.
La escena es magnífica. 
Los límites se nublan. 
Lo desplegado se vuelve redondo y circular. Porque sus brazos te rodean.
Te envuelven. Cuna de protección.  Nido refugio. 
¿dónde estás que ya no te veo? 
Es que solo veo a una sola.
Madre y su abrazo.
Eterno.

jueves, 9 de abril de 2020

Aquella noche

La noche llena de romances hoy tenebrosa y espesa. Manto aterciopelado con el que reviste sus vanidades.
Olor de abandono deambulando por las calles de la festiva ciudad.
Silencio de tumba.
Esa noche embriagada de sus bajezas. Borracha de soberbia y ambiciones.
Se burlaba sensual de tu soledad. De sus miedos. Susurraba bífida: te han abandonado. Las ovejas que rescataste te han abandonado.
El susurro se vuelve eco y retumba entre todas esas puertas cerradas.
Selladas.
La noche se ríe a carcajadas desplegando todo su pecaminoso misterio.
La desborda la ansiedad y se iluminan con intensidad los luceros.
Goza, la noche. Se regodea maliciosa con el escenario paupérrimo y patético del abandono.
Tiembla, noche emocional y exitada. Se la escucha exclamar el grito e irrumpe cínicamente: ¡Te han abandonado! Promesa de Vida les has dado tanto y tanto aún más hoy, y ellos se han escondido.
Chilla la noche y gime escandalosa por qué no contiene su emoción.
Cuál soberana se despliega envolviendo en su avinagrada penumbra al Misterio. 
Lo abraza y le acompaña el paso. De a ratos se revuelve nerviosa y suelta un alarido de victoria.
Clama sensual aquella noche celebrando el abandono, el miedo, la infidelidad y el desamor.
Pero este festival de dolor cesa. Se paraliza a las sombras y sus gritos de siniestra celebración. Tenebroso manto soberbio en tenso silencio se ha quedado sin aliento. Sus fauces no exhalan.
Se ha muerto su burla y ya no escupe risotadas viscerales. 
La noche llena de romances.
La noche más escandalosa.
La noche y el Misterio.
Perdió su condición de nigérrima frente a un corazón frágil que encendió una vela. 
Y espera.
En heroica vigilia.
Y acompaña, a Aquel que han abandonado.


viernes, 3 de abril de 2020

Crónicas rotas XXXIII



Era temprano. Tarde para ella.
Quería jugar. O hacer letras, depende, pues había descubierto una faceta increíblemente fantástica detrás de ese abc 
Ahora sabía escribir (algunas cosas) y le divertían los mundos que podría crear sabiendo escribir.
Convengamos que sus dibujos ahora tenían otra mística. Tenían letras, claro.
No se acordaba bien porque tenía que estar allí, pero la idea le parecía magnífica. De vez en cuando se acordaba de la seño, pero volvía a su universo sabiendo que la respuesta iba a ser la misma: hoy no se puede ir al jardín. Tal vez la semana que viene.
Eso la llenaba. 
Lo que no estaba lleno era su panza.
Avena, leche, tostadas, alguna fruta. ¿Habrá algo dulce?
Lo magnífico de estos días era que podía vestirse ella. Ser todo lo multifacética que interiormente era y expresarlo en el arte del fast fashion del placard de mamá. 
Surgían universos y galaxias detrás de sus diversos atuendos.
Unas sedas, unas perlas, unas coronas un rodete apresurado y zapatitos de cristal. O no. Mejor unas zapas para estar cómoda.
Iba correteando por el pasillo mientras de seguro se levantaba la muralla china y ella era Mulan, o quizás la perseguía Úrsula y ella iba al rescate de su bien amado Eric.
Se acomodó un mechón rebelde detrás de su tiara.
Y salió al balcón.
No se trataba de ninguna Julieta ni de poemas recitados por ningún Romeo. No.
Cruzando la habitualmente ruidosa calle había otro edificio, y claro, otro balcón.
Pero hoy la calle estaba dormida y cruzando había un puente. 
Y del otro lado había un amigo. 
Gritos de batallas imaginarias, concurso de pelucas, hora de tomar el té, instrumentos y música, conciertos a duo y charlitas de lo más delirantes.
Ese día, como todos los días, le tocaba el baño y a su vecino hacer ejercicio.
De dispararon unas bombitas de colores con bazookas hechas de Legos y cada uno rumbio cantando bajito a su hogar. 
¿O es qué la calle era su plaza de juegos?
No lo sé. No se hizo muchas preguntas porque ya era medio de noche y le tocaba una batalla submarina antes de comer.
Así, pelos desordenados, pijama suavecito de algodón, ella y su lunar de luna esperaban el sueño de cada día.
Para que fuera temprano, para que pudiera aprender y jugar. Para que expresará su amor en caóticos besos virtuales de llamadita express. 
Y para que su corazón inmenso tejiera puentes de arcoiris hacia los balcones que quisieran recibir su magia.

Porque si algo le sobraba era imaginación.
Y amor.


{Inspirado en la infantil cuarentena feliz de mi sobrina en los balcones de Palermo}