Era temprano. Tarde para ella.
Quería jugar. O hacer letras, depende, pues había descubierto una faceta increíblemente fantástica detrás de ese abc
Ahora sabía escribir (algunas cosas) y le divertían los mundos que podría crear sabiendo escribir.
Convengamos que sus dibujos ahora tenían otra mística. Tenían letras, claro.
No se acordaba bien porque tenía que estar allí, pero la idea le parecía magnífica. De vez en cuando se acordaba de la seño, pero volvía a su universo sabiendo que la respuesta iba a ser la misma: hoy no se puede ir al jardín. Tal vez la semana que viene.
Eso la llenaba.
Lo que no estaba lleno era su panza.
Avena, leche, tostadas, alguna fruta. ¿Habrá algo dulce?
Lo magnífico de estos días era que podía vestirse ella. Ser todo lo multifacética que interiormente era y expresarlo en el arte del fast fashion del placard de mamá.
Surgían universos y galaxias detrás de sus diversos atuendos.
Unas sedas, unas perlas, unas coronas un rodete apresurado y zapatitos de cristal. O no. Mejor unas zapas para estar cómoda.
Iba correteando por el pasillo mientras de seguro se levantaba la muralla china y ella era Mulan, o quizás la perseguía Úrsula y ella iba al rescate de su bien amado Eric.
Se acomodó un mechón rebelde detrás de su tiara.
Y salió al balcón.
No se trataba de ninguna Julieta ni de poemas recitados por ningún Romeo. No.
Cruzando la habitualmente ruidosa calle había otro edificio, y claro, otro balcón.
Pero hoy la calle estaba dormida y cruzando había un puente.
Y del otro lado había un amigo.
Gritos de batallas imaginarias, concurso de pelucas, hora de tomar el té, instrumentos y música, conciertos a duo y charlitas de lo más delirantes.
Ese día, como todos los días, le tocaba el baño y a su vecino hacer ejercicio.
De dispararon unas bombitas de colores con bazookas hechas de Legos y cada uno rumbio cantando bajito a su hogar.
¿O es qué la calle era su plaza de juegos?
No lo sé. No se hizo muchas preguntas porque ya era medio de noche y le tocaba una batalla submarina antes de comer.
Así, pelos desordenados, pijama suavecito de algodón, ella y su lunar de luna esperaban el sueño de cada día.
Para que fuera temprano, para que pudiera aprender y jugar. Para que expresará su amor en caóticos besos virtuales de llamadita express.
Y para que su corazón inmenso tejiera puentes de arcoiris hacia los balcones que quisieran recibir su magia.
Porque si algo le sobraba era imaginación.
Y amor.
{Inspirado en la infantil cuarentena feliz de mi sobrina en los balcones de Palermo}
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