Ese sábado gris, despierta, con el movimiento aletargado de
una rutina mezclada, interminable, incierta.
No llega a despabilarse, pero se mueve. De desplaza con la
torpeza espasmódica de un púber.
El día sin tiempo porque cuando llueve se mezclan las horas y
las mañanas son una noche eterna. En suspensión.
Como la sensación que abriga tu alma. Suspenso. Parálisis.
¿y si paralizamos el ruido? ¿Si detenemos las gotas de agua
redondas que bajan con ira sobre la tierra? ¿Si suspendemos los deberes un
segundo y abrazamos esta condición de sueño?
Entonces la respiración va pausándose. Te da vergüenza quebrar
la atmósfera con tu existencia.
Y la mirada sabatina se detiene, y atraviesa los deberes pixelados
del agobio. Esa pasión tan cercana al hastío hoy.
Se te escapa el cuerpo, se moja cosquilleante por la garúa.
Bella tormenta quien hubiera dicho calma.
Y el espíritu se zambulle entre los majestuosos gigantes
otoñales que se han levantado mientras no te dabas cuenta, porque suspendiste.
Suspendiste el alma y nos los viste. Brotar.
...
Que dicha con la que se despierta ese sábado gris que puso
en suspenso todo. Menos la contemplación. De la creación.
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