Atendiendo otra vez a la propia
interioridad, reflexiono. No los invito a acompañarme porque el viaje puede ser
interminable y de lo más caótico.
Si se atreven.
Esta vez, las ideas nacen de la fase
3, porque ciertamente el tiempo se mide en fases. Y en picos.
No hablo de los picos frutos del
agobio laboral, o de los picos helados de las altas cumbres que reportan el
cielo austral, o cordillerano. Y menos hablo de la expresión noventera para el
contacto fugaz y adolescente entre dos posibles desconocidos. Hablo de la
Pandemia.
Vuelvo entonces: en este tiempo de
fase tres y a la espera del pico me siento igual de agobiada que en la fase 1.
Pero algo extraño que procede de alguna emoción subterránea me conmueve. ¿Es una
suerte de costumbre acaso? Puede ser, de alguna manera nuestra voluntad se va
sometiendo al limbo de lo incierto. Algunos nos rendimos a la pausa obligada
y de vez en cuando nos sublevamos en contra de los pospuesto. Y lo empezamos a
planear claro.
O seguimos haciéndolo.
Es que la fiebre no es por un virus. La
fiebre es el letargo en el que esta quietud te sumerge.
En aquella lejana y oscura fase 1 fuimos
absorbidos por la hiper, la hiper actividad, la hiper ansiedad, la hiper
angustia, el hiper acopio. Y si me sale de adentro la historia, la hiper
inflación que siempre se avecina.
En fase 2 y 3 las cosas son
diferentes. Limbo.
Nada es espontáneo, nada se siente
tanto, más que el miedo. Propio, me confieso. Pero ilógico.
TODO lo pausado tiene sólo una cosa en
movimiento. Y es la planificación a cómo sobrevivir. En el limbo.
Nos enredamos entonces en las suaves
telarañas de una lógica sin lógica. Hablamos de lo anormal como normal y el
cielo dejó de ser celeste. Apelamos a un discurso de que “la cuarentena arruina
todo” ¿o es qué ya estábamos arruinados?
En medio de este fatalismo cósmico y dramático
que bien me sale. Suspiro.
Y miro las luces de colores que se
espejan en la pared de mi living, oficina, sala de reuniones y de descanso,
altar de oración y también aula.
Me distraigo con lo que ellas
producen: destellos. De color. De cristal. De luz. De sol. De Creación. De Alianza.
Se me va el alma pensando en el puente arcoíris que trazó el Padre. Se me va,
se escapa. Suspira y llora el alma de manera incontenible e inexplicable cuando
siente las hojas ancianas crujir debajo se mi rodado 26 que tanto amo. Y
extraño.
En la fase 3 los que salen son
irresponsables. Los que no salen son paranoicos.
En la fase 3 hablamos de lo legal e
ilegal, del Estado como una suerte de Gran Hermano protector. ¿es qué acaso el
Estado no DEBE SIEMPRE protegernos? Y ahora nos preguntamos, ¿y el estado de
derecho? Ahora nos queremos hacer juristas de nuestra propia ley.
¿O es que siempre lo fuimos?
Pero cuando despierto, cuando me veo
sometida a la razón de esta cabeza insoportable, me olvido del estado, de la
ley, y me someto al imperio de lo que nos despabila del limbo.
Al imperio del contemplar. Donde el espíritu
se eleva, se vuelve fuego, y el alma se dilata tanto que no entra no cabe.
No sé qué fase viene, supongo que la
4. Pero tengo una certeza.
Definimos limbo:
limbo.
(Del lat. limbus).
1. m. Lugar o seno donde, según la Biblia, estaban detenidas las
almas de los santos y patriarcas antiguos esperando la redención del género
humano.
2. m. Lugar adonde, según la
doctrina tradicional cristiana, van las almas de quienes, antes del uso de la
razón, mueren sin el bautismo.
La fase 3 no trajo de nuevo los altares,
trajo egos; la redención ya no está en mirar y dialogar con la Cruz. Trajo
escapismos azucarados que encontramos los mortales en algún que otro portal de internet.
Trajo almas errantes que van en la búsqueda
de una felicidad tan exageradamente iluminada. Siempre que venga de la mano de
alcohol en gel, un barbijo y distancia social. En el limbo la felicidad es
terminar una serie, es ser fit, es cocinar muchas cosas, ser hábil y creativo
para mantener en armonía mis chakras pero también la dinámica de los seres con
los que convivo. A los que invariablemente solo eran escogidos de 6 a 9am y de
20 a 23pm.
En el limbo, no hay movimiento. Parálisis
espiritual. Muerte.
En el limbo vivimos en ese filo agudo
donde somos y no somos. Donde hemos perdido lo espontáneo de salir a dar gracias
y derramar lágrimas de dicha.
Esta es mi certeza. Del limbo sólo se sale
siendo hombres.
Haciendo lo más propio de nuestra
majestuosa condición humana Imago Dei.
Del limbo
se sale contemplando.
Y habitando
el misterio.
Espero
(el eufemismo de la cuarentena) que la fase que sea, me encuentre con el alma
conmovida. Tanto que el encierro no signifique más que la apuesta renovadora a
que la humanidad ya supo de limbos y también de redención.
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