"No estés nervioso" se autodecía mentalmente. Ellos necesitan de tu paz.
Mientras tanto, laborioso y detallista iba acomodando las alforjas. Algunas cosas nada más. Algo sencillo. Algo sencillo para algo tan inmenso.
"Qué pequeño soy para está misión" qué pequeño...que pequeño se quedó susurrando cuando ellos entraron.
Tan sólo emuló una sonrisa.
Ella sabía de su pesar.
Pero reconocía en esos ojos grises el valor inmenso de su corazón. ¿Quién sino él hubiera podido con tanta responsabilidad?
Se limitó,ella, a pasar su mano en armoniosa caricia jugando con el espesor de su barba.
Y se dispusieron los tres al viaje.
Al viaje brumoso, lleno de esperanza.
Lentos pero firmes, les cayó el manto nocturno. Las estrellas compusieron una sinfonía de luz para acompañar el sagrado paseo.
Iba él taciturno. Sumergido en el subsuelo de sus temores. De vez en cuando se volteaba para ver al Amor.
Se volteaba porque era el protector. El vigía. El custodio.
"No tengas miedo" que ellos confían. Y que El ante todo, confío primero.
Confió en su simpleza. En su sencillez. En su amor entregado generoso e inmenso. Sin embargo ¿Quién no espera reconocimiento? El no esperaba nada. El daba todo.
Obediente mansedumbre, iba él dirigiendo la diminuta caravana.
De vez en cuando sus ojos grises se elevaban al cielo cual plegaria al padre.
A El Padre.
"No seas impaciente" su cabeza le decía con ímpetu. El misterio de irá a develar cuando sea el tiempo.
Y ya era el tiempo. Tiempo de nacimiento.
Le volvieron a la mente esos días donde supo de la llegada de este bebé. Su cabeza inquieta, desordenada. Palpitaciones y dolor. Absoluta incomprensión. Pero después vino la paz. Y aquí estaban.
Sin perder la calma, fue a paso firme y con dulzura pidiendo asilo. ¡Si supieran quién les imploraba morada nocturna! Pero los hombres son necios. No ven detrás de este cuadro pintoresco de un burro, una parturienta y la sombra del Padre.
No vieron. Pero la creación vio.
Y este burro humilde se acercó e hizo de calor, y las vacas hicieron silencio, y las ásperas hojarascas se acumularon para hacer de cuna, y el canturreo de las estrellas se volvieron arrullo para recibir al Misterio. Testigos silenciosos de esta familia nueva.
Y ahí está el. La sombra. Las bambalinas de la escena de la salvación. Ahí está el carpintero humilde asumiendo la ingratitud que con él tuvo la historia.
Ahí esta el. Al que se le encomendó la misión de ser padre sin serlo. Y detras de él Dios padre.
Detrás de tu inmensidad José, el sí silencioso, olvidado. El sí que te valió ser custodio de la Salvación.
lunes, 17 de diciembre de 2018
El sí del silencio
miércoles, 12 de diciembre de 2018
Noche estrellada
Sonaba de fondo el canturreo de unos grillos atrevidos. Luciérnagas mareadas deambulaban en el espeso aire de aquel cielo áspero y espeso.
Noche estrellada.
Noche especial.
Entre este cántico natural y ese olor a hojarasca seca depositaba el Rey su pequeñez. La metáfora de la fragilidad. Ya portaba glorias únicas en la suavidad de su existencia.
Rompía la sinfonía de los insectos con un llanto entrecortado. La humanidad.
Encerraba en sus ojos pardos la profundidad del misterio. La divinidad.
Sin siquiera pronunciar una palabra ya se traducía su magisterio. Establo educador. Pedagogía de la contemplación. La familia deslumbrada, desbordante de alegría. Sintiendo tu majestuosa presencia.
La naturaleza se inclinó frente a tus pies. Piecesitos de vida. De Vida. Del Todo. Del Amor. En esos ínfimos dedos frágiles.
Tomando de la mano a la Madre, anticipando la entrega que nos harías luego. Dadivoso bebé. Sin siquiera poder pronunciar palabra, la mujer supo de su envío. Se supo Madre de muchos más.
Manos frágiles, suave grito de salvación. Portadoras de la misión redentora. Mínimas. Inmensas.
Casita lejana, cobijando en tu interior el secreto, el misterio, la revelación.
Noche estrellada.
Noche especial.
Buscás Bebito una morada para encontrar calor.
Buscás Redentor un corazón generoso que se disponga a dejarse salvar.
Noche del Misterio. Noche que nos envuelves entre espumas y penumbras.
Pesebre escuela, pesebre de admiración. Te atrevés a interrumpir la celebración con tu pobreza, con tu sencillez, con tu riqueza y con tu inmensidad.
Bebé, humanidad y divinidad. Volvés.
Volvés, esperando encontrar morada. Esperando que volvamos a recordar que has vuelto.
Celebración, noche especial, noche estrellada. Recordando que su corazón generoso otra vez vuelve.
Y que Él hace nuevas todas las cosas. Incluso a vos.
domingo, 2 de diciembre de 2018
El numero de oro
El Artista cargando su misterio, deambulaba por el amazonas tal vez, o habrá sido alguna turba nebulosa en el sur.
Iba acto creador cautivando a las especies todas con la melodía de la Vida.
Ellas apenas sentían el cosquilleo de su soplo atravesando toda su existencia.
Se sentían traspasadas por el arte divina.
Majestuosa obra.
Abrumadora.
Imponente y humilde a la vez.
La creación.
Ahí estaba yo entonces minúscula. Tratando de entender. Insolente incluso, tratando de ponerle razón al misterio.
Achinaba los ojos para ver si agudizando la vista podía ver algo más.
Ilusa. Estaba queriendo ver más allá de lo que es evidente.
Le pedía al misterio una revelación.
Magia.
Le pedía una respuesta que ya estaba ahí esperandome sin desplegar el show ridículo que mi estrecha mente necesitaba.
Porque el espectáculo era patente. Y espléndido.
El Artista dejo su huella perfecta. Dejo el rastro del amor eterno, perceptible a mis miserias.
Tuvo la sutileza de traducirlo a los ojos del hombre.
Y además tuvo estilo. Lo dejo dorado divinidad.
El Artista develando su misterio, dejando esta fórmula perfecta. Proporción Aurea, número dorado.
Ahí estaba yo minúscula, preguntándome, llena de asombro, cómo es que la humanidad aún se atreve a negarte, Artista de la Creación.
lunes, 26 de noviembre de 2018
Microrrelatos
¿Qué será de la Patria más que el recóndito llamado de la sangre....?
La sangre.
Sumergida en un rincón de esta bestia portuaria, sentí el estruendo lejano de unas palmas.
Cual sonámbula deambule buscándote, melodía.
Iba mareada entre el trajín ruidoso que desarma.
Iba casi que olfateando, tanteando ese tañir metálico de una botas bravas en el asfalto.
Iba buscando los chasquidos de un romance cantado. Sentía a lo lejos aguzando el oído. Subían arremolinadas unas coplas de añoranza.
Ese amor eterno que algún cantor le dedicó a la señorita de sus sueños, entre peña y vino.
Estruendo de fondo rompiendo la jungla de la individualidad, bombos, cajas y ese carnavalito de carpas en enero.
Revoleando pañuelos, concentrados los ojos desarmando miradas.
Qué será de la Patria, sino la sangre. La sangre de Salta, paraíso terrenal.
miércoles, 14 de noviembre de 2018
Crónicas rotas XX
Se trata de un mito. O de una realidad. No se sabe bien.
Lo cierto es que yo casi que pude comprobarlo.
No sé bien.
Lo cierto es que claramente existe. Se trata de un ente real. No sé bien
Dudamos que no sea de este mundo, porque aparentemente es bastante convencional.
Lo peculiar quizás radique en ese campo impenetrable. Ajeno y lejano.
De eso, seguro estoy, de que me provoca pavor. Una suerte de pánico visceral.
No sé bien.
En mi rutina diaria, me topé con su humanidad. Tampoco comprendo si esa capa de ozono que la rodea puede llamarse humano, pero supongo que estaría bien decir que es persona.
Me atreví, no sé bien porqué, a acercarme. Yo quería ver. Quería comprobar lo que el mito decía, quería resolver el misterio de lo desconocido.
Me llené de una valentía insólita. No sé bien a qué se debió mi cercanía.
La humanidad me devolvió su desprecio. Pero fue un desprecio encantador. Por lo que no me aparte. Quería resolver.
Y así resuelto, sentí la rugosidad de su cáscara.
Lo áspero que la recubría. Ese campo inaccesible que la escondía. ¿O la protegía?
No sé bien.
Quise liberarla. Sentí esa imperiosa necesidad de romper con esa cárcel de peso sólido y plomizo.
Me esforcé. Use todos los medios posibles. Mi persona quedó absolutamente sumida a la miseria del agotamiento. Jadeante de aquel esfuerzo.
Pero la cascara-caparazon seguía ahí. Intacta, arraigada y encarnada.
Lentamente la dejé alejarse.
De lejos contemplé su belleza. Todas las sutilezas de su bella alma. Todos los recovecos de pensamientos.
De lejos, sin hacerme doler ya, comprendí su peculiaridad.
Comprendí que desarmarla necesitaba tiempo.
Tiempo que yo no tenía.
Que nadie tenía.
Comprendí que yo quería desarmarla. Para amarla.
Pero no tenía tiempo. No sé.
sábado, 3 de noviembre de 2018
De armas tomar
Transitaba su rutina, presurosa, nerviosa, sola, inquieta.
Estaba agitada y agobiada.
Y le pesaba la soledad.
Muchas cosas le pesaban. Los pies, la panza, la cabeza, los ojos luchaban por no volverse grietas en su rostro.
Iba hecha un drama.
Así, dramática ella, se decidió a dar batalla.
Al principio la estrategia fue rápida. Veloces fueron pasando, cuenta a cuenta. Ellas iban deslizándose dramáticamente entre sus dedos.
Cuenta a cuenta
Regalo divino.
Elevación del alma.
Diálogo amoroso.
Plegaria. Súplica, grito de enojo. Y mirada entre lágrimas.
Ayúdame mamá.
Se le escapó entre una cuenta el agónico grito en silencio.
A veces pequeño y de metal. Iba el arma escondida entre los avatares de su diaria.
Iba colgado de madera, enmarcado la misma garganta que elevaba el cántico y la alabanza.
Otras veces redondo y perfumado de rosas.
Rústico, pequeño, en decenas o en cincuenta cuentas. Lujoso, nuevo, sin pasado o tal vez representando toda la herencia posible.
La batalla tiene múltiples caras.
El arma viene en forma de cuentas, de misterios y de corona de rosas.
La batalla es camaleónica y se entromete nigérrima en todos los rincones posibles.
El arma vino como regalo. Bajado del cielo. Y se llama Rosario.
sábado, 20 de octubre de 2018
Crónicas rotas XIX
De aquel mal sueño que desperté angustiada, o del insomnio que padezco. También de esa vuelta que me sentía demasiado poco, o de la que me sentí una reina.
De la histeria adolescente, breve y fugaz. De mis dilemas de adulto. De mis congojas existenciales.
De mis triunfos.
De todos los platos que no sé bien cómo sazonar.
De mi torta de cumpleaños especialmente hecha para mí.
También de todos esos finales con nudos en la panza y ganas de llorar. De ese día en que disfrute pensar que compartíamos un brindis de egreso.
De todos los te con miel que no me tocaban por qué yo quise café con leche desde siempre.
De aquellas veces que me tocaron las letanías de los rosarios nocturnos.
De todas y de miles de vidas. Yo me acercaba al umbral de tu cuarto y me sumergía en ese perfume tan tuyo. Me enterraba haciéndome bolita entre esos jazmines, lirios y fresias.
Ese jardín tan lejano ya.
El jardín de tu abrazo mamá.
Quisiera relatarte todas mis penas, todo mi esfuerzo y mi frustración.
Volver un poco tarde y estirarme horizontal a los pies de ese umbral.
"Ma, estoy contenta.
Esto otro me preocupa.
¿Qué hago?"
Siempre pequeña frente a tan grande soledad.
Soledad de enterrarme en tu humanidad en un abrazo que me envolvía siempre. En jazmín, lirios y fresias.
miércoles, 3 de octubre de 2018
Volver
Volver a verte la cara.
No sé si te odio.
No sé si te amo.
No sé si me traes recuerdos.
Sé que sos la expresión viva de mi vida nómade.
Sé que sos el lugar al que siempre vuelvo.el eterno retorno.
Nos volvemos a ver. Exitada vos, atropellando individuos, desarmando sueños y rompiendo paces.
Mareas. Asustas. Impones ese estilo desfachatado y desprolijo.
Ese monstruo que decís qué te habita.
La lejana. La que separa. La que camina veloz.
La ruidosa.
En ese trajín nos volvemos a ver la cara.
Cerca de las siete vas levantando tu magia. Te vas callando.
Vas subiendo el telón estelar y te despedis de tanta euforia.
Te transformas en hogar.
Imponente y bella.
Volver a verte la cara. Ciudad.
viernes, 28 de septiembre de 2018
Tiempo ocular
Hubo un tiempo, en el que su mirada estaba encerrada en un círculo de sol. Dorado. Con brillantes rayos fugaces que se dilataban con las pupilas.
Hubo un tiempo de verde sabroso. Verde selva y verde agua. Tiempo de otoño, donde el cielo se presumía recortado por el dorado de las hojas.
Hubo un tiempo de reverdecer. De morir y nacer. Tiempo de paz, tiempo de algún brote de vida nueva. Ojos nítidos a la espera del rayo de sol.
Hubo un tiempo en el que el cielo se hizo ausencia. Se pobló de gris. Se llenó de humedad y cubrió de polvo su horizonte.
Ojos color del tiempo se pintaron de tormenta. Su verde se volvió gris. Simbiosis de lluvia, derramaron lágrimas saladas rindiendole honores a lo que se comentaba.
Esos ojos controlan el clima.
O el clima los controla.
domingo, 23 de septiembre de 2018
Microrrelatos
Sintió el dorado Febo hacerle cosquillas
Apenas unas aves escandalosas rompían a lo lejos la armonía del agua y el viento suave serrano.
Sintió que llevaba el corazón cargado.
Y le pesaban las mariposas estomacales.
Soñar. Sueño real y gratuito. La paz compañera de todas estas ilusiones venía sentada en la luna blanca contemplando la escena.
Sintió el dorado Febo que le hacía compañía apenas rozando sus hoyueladas mejillas.
Sintió que llevaba el corazón cargado y los ojos llenos de su verdor. Le pesaron los párpados.
Se dejó dormir.
Dormir al sol.
domingo, 16 de septiembre de 2018
Crónica de una peregrinación
Marcos 9, 5
Pedro dijo a Jesús: 'Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías'.
Se desdibujan las las calles.
La Buenos Aires queda desencantada ante la imponencia.
No logro resolver bien qué pero hay un aire especial.
Un aliento sobrenatural.
Ya septiembre me parece extrañamente único.
Único para el sentir del sol, para el amor y para lo eterno.
Así, desconfigurándose va y se van viviendo las horas y los tiempos.
No es un tiempo terrenal.
En la vida del que camina es un tiempo de a pasos. La vida se mide en la lejanía a la meta. La vida se mide en el cansancio. En los kilómetros. La vida se mide en el corazón ansioso por llegar.
Ya era un cuestionamiento personal peregrinar. ¿Dónde está la felicidad en kilómetros interminables?
De a poco se salpican las montañas de color. Van. Vienen entonando su propia súplica con los pies. Van de a millares. Se distinguen los misachicos como destellos de los rayos de la luz divina. Van con sus penas, sus gracias y sus dolores. Van Iglesia peregrina.
Van y vienen a desconfigurar las calles. A transformar el espacio. Vienen a romper los minutos porque el tiempo del peregrino late con la meta.
Así te tránsito entonces como un transeúnte desconocido porque te desconozco transformada. Desarmada. Cómo los corazones que a tus pies llegan. Desordenada porque su ciego orden no estaba dispuesto al servicio de Ellos pero hoy sí. Hoy con nueva forma caminás, respirás y palpitás mirando un mismo horizonte.
La lluvia viene cual agua pura a limpiar, a barrer, a purgar.
Viene dadora de vida como la de ese precioso costado supo derramar para lavar. Para limpiar y para llenar de tu vitalidad eterna.
Así sigiloso se oye un constante susurro de súplica. Frenados en oración en cualquier rincón. Sus ojos te buscan y buscan ansiosos ascender tu plegaria.
Se abren los paraguas. La marcha no se detiene.
La lluvia nos envuelve de una mística particular. De una preparación única. Así de vigilia, cerca de esos tronos inmensos, como un río caudaloso y fuerte, imparable se acercan los corazones. Se acerca esa mirada desbordada de cansancio y llanto. Se acercan esas manos y y trabajadoras dejando con una delicadeza impropia aquellos claveles que vino a ofrecerte.
Y uno se siente un niño. Con una fe niña y un corazón niño. Lleno de confianza y euforia.
¿Dónde está la felicidad?
En esta ciudad desarmada. Desconfigurado y vuelta a reconstruir sobre el camino nuevo a seguir.
En esta marea ofrenda.
En ese canto de acción de gracias. En esa alabanza en susurro que se renueva cada año, en estas vísperas, con el corazón de novios ansiosos esperando que te hagas presente en esta ciudad transformada.
Agitando pañuelos.
Irrumpe ese susurro la melodía que anuncia tu llegada. Tu cercanía tan deseada. Tañen las campanas. Festejan. Suenan el canto de la fidelidad y allí salen innumerables almas amantes que te seguirían hasta el infinito.
¿Dónde está la felicidad?
En ese llanto colmado de una emoción que no cabe en palabras.
En la Madre. Y en la eterna presencia de mi madre entre cada calle y cada perfume de esta tierra.
Y en el Madero. Bendita escuela consuelo y paradoja del amor.
¿Qué tendrás que tan sólo deseamos tu presencia mucho tiempo más?
El triduo vivido. Lleno de gracias.
Tiempo del Milagro
Tiempo sin tiempo que queda en el corazón pesando bello de disfrutar de tu cercanía. Y de la fiesta del cielo.
domingo, 9 de septiembre de 2018
Crónicas rotas XVIII
Iba bajando. Bajando o descendiendo.
Iba. Empezando. Iba abriendo el paquete rutinario.
Iba portando sus ojos. Iba portandose a si misma. Iba acompañada de su mochila, la metafórica y la real.
Caminando, cruzando calles. Desventura la que la llevo a subirse a ese extraño 152.
Iba abandonando la capital sumergida en un sin fin. Iba portando su insomnio. El que la besaba sin asco hace como unos nueve años.
Iba acostumbrada a que le pese intolerante el lunes.
Iba acostumbrada.
Se detuvo yendo. A mirar. A contemplar. Vio miles de pantallas, sintió que algunas debían ser tan necesarias como la suya. Se sonrió porque iba sintiendo una suerte de encanto.
Iba transportando con ella su pantalla frágil. El universo conocido y por conocer.
Se detuvo yendo. A pensar. Iba pensando en su fragilidad. En el otoño que pasó. En los cielos que supo surcar.
Iba viajando sola y rodeada de caras que no ven. No sonríen, no dicen buen día porque el viaje aumentó por millonesima vez. -y hoy va a llover, pensó.
Iba rezando, iba pensando que tenía unos pocos años, iba sintiéndose linda.
Se detuvo en el pensamiento. Se detuvo en su adultez y le dió miedo.
Vio esas caras inconexas. Vio sus pantallas. Vio que era primavera. Se detuvo en su dolor. Recordó que le dolía. Su razón le recordó que era arduo vivir. Perdió la ilusión. Sintió todo el peso de su falta de sueño, y de tiempo, y de arte, y de novelas. Y de vos.
Sintió el peso del camino que iba transitando cual transeúnte olvidada en el fondo de un extraño 152.
Sintió que soñar era un eufemismo.
Iba bajando. Iba descendiendo hacia su universo más real.
Iba llegando tarde. Iba perdiendo el tren. Iba pasándose de parada.
jueves, 23 de agosto de 2018
Crónicas rotas XVII
Mar blanco de nubes, algo grisáceas. Violetas, tal vez azules.
Blandas esponjas de cielo.
Ella iba saltando por el asfalto gélido por el que transitaba su rutina.
Con los ojos en ese océano lejano.
- qué suave sos. Pensaba.
- qué ansiedad la necesidad de flotar.
A diario se preguntaba qué le impedía despegarse y desprender.
Buscadora inagotable de soluciones, un buen día decidió. Flotar.
Se sentó decisión a pensar. Racional. A tomar notas. Sin descanso. Agobiada y agotada.
Su decisión y su ímpetu fueron inútiles. Corría el reloj, cada segundo cada hora y milimétrico tiempo se había empecinado en arribar a aquel mar blanco de nubes suaves y consoladoras.
Al cabo su razón se rindió. Al cabo lo calculado perdió el cálculo y la solución no existió.
Así rendida, tristes sus fibras y lágrimas brotando desde el corazón, quedó angustiosa humanidad contemplando percibió atónita cada luz y sombra. Sintió que hasta veía el viento y el aire. Olió el invierno.
Contempló la inmensidad, se supo minúscula.
Se le pasaron las horas, corazón latiendo.
Se empachó de la inagotable belleza de la creación. Y suspiró de asombro en cuanto su corazón sintió la extraordinaria presencia misteriosa del creador.
Se rindió a la contemplación, a la absoluta posesión de un silencio revelador.
Su razón se compaginó y bailó al compás de un corazón inquieto.
Se le escurrió el tiempo.
Se encontró flotando.
Tocando el cielo
Viviendo en babia
viernes, 27 de julio de 2018
Magdalena
Cuál opereta clandestina iba y venía.
Se le caían cintas pañuelos papeles y papeletas.
Hermoso caos.
Absoluto desorden.
Algo en ella estaba bien ordenado.
Algo en ella era fuego bien guardado.
Algo de su clandestinidad desbordaba de coraje silencioso.
Algo de se inigualable ímpetu disfruté yo de cerca.
Algo de la cercanía a la cruz la hace grande.
Desde sus ojos celestes cristal se veía bien nítido y claro.
La ví yo esbozar gritos dolorosos y teñidos de angustia.
La sentí cual copla lánguida expresar su dolor.
Padece por un presente que siente en tinieblas.
Lucha por un presente que sabe luz.
Cuál opereta clandestina iba allí su espíritu despilfarrando sonrisas y valor.
Coraje celeste ojalá nunca te rindas.
jueves, 26 de julio de 2018
El secreto
Retornaban a su memoria casi al acecho.
No se trataba de dolor. Ni pena. Nostalgia tal vez.
Poesía.
Perfume.
La magia del tiempo en suspensión.
Recordaba y se le dibujaba una mueca de inmensidad.
Su memoria traía de vuelta lo eterno.
Se sumergía en esta idea.
La asaltaba la duda. ¿Que tendrán ellos?
¿Qué tendrá él?
Qué fórmula secreta poseían.
No sabía.
Se sabía sí, con seguridad, voluntariamente atrapada.
No sabía ese no se qué.
Sabía que detrás de esa nigérrima existencia estaban depositados sus sueños.
Retornaban a su memoria al acecho.
¿Qué tendrán esos ojos negros?
No sabía.
Pero se sabía refugio. Se sabía ahí consuelo.
sábado, 21 de julio de 2018
Crónicas rotas XVI
Rindiéndole cultos amaneció a la vida.
Sabiéndose ofrenda.
Pensó su vida desde siempre con un horizonte de altar.
Se despertó algún frío agosto. Buscó desesperado el agua tibia de cada mañana y allí lo estaban esperando.
Un cortejo de sabias madres. Con aceites y comidas.
Maiz
Café
Coca
Chocolate
Frutos
Lo ataviaron con paciencia. Nunca antes había visto ropas más elegantes.
Se sintió un rey.
Iba decorado según él. Iba revestido de metales, transformado en un adorno viviente.
Así, metalizado, lo subieron a una cuna. Cuna llena de flores, maíz y más café.
Parecía un festival. Músicos, aires sonando y recortando el silencio de una mañana especial, una mañana elegida.
Le aburría que lo cargaran y decidió cerrar los ojos un rato y dejarse flotar. De vez en cuando, travieso los abría y miraba al cielo. Lo atravesaban cintas y flores, polvos, color.
Avistó a lo lejos a su máma que le clavó la mirada rasgada. Sus manos armaron un perfecto círculo sobre su pechera recubierta encerrando a inti y recordándole ese sol que él también poseía.
Entendió.
Lo envolvió el pánico y el terror.
Sabiéndose ofrenda.
Se supo ofrenda aquel frío agosto.
Ofrenda de maíz, café, coca chocolate y frutos.
Tata inti lo estaba esperando desde siempre. Lo envolvería.
Se lo devoraría entre sus fuegos y su máma lo lloraría a pesar de saberlo ofrenda desde siempre.
Descendió de su ofertorio y lo acompañaron entre gemidos hacia los pies del agujero de fuego. Debía subir.
Debía antes beber de aquel té del sueño y subir. Subir hacia su horizonte.
Le sonrió a quien era para él su único universo y emprendió la marcha.
Travieso niño inti escupió su bebida y desarmó su coraza de metal. Entre esos aires sulfurados se puso a pensar. Piensa niño sol. Piensa. Debía darse en ofrenda pero también debía volver al amor de su madre. Debía
Sabiéndose ofrenda desde siempre, arrojó los metales al sol. Su café, su maiz. Le cantó a Inti pidiéndole perdón.
Al instante, el misterioso sol se cubrió de tinieblas. Tenebroso y siniestro Inti rugió con fuerza escupiendo lluvia y un rayo soberbio atravesó al niño ofrenda.
El pueblo aterrorizado que aún danzaba a los pies del fuego huyó sin rumbo por miedo a la ofensa cometida.
La ira tormentosa duró lo que dura una estación de cielo celeste y de sol fuego.
Hasta que finalmente tata inti se reconcilió con los hombres y dispuso el universo natural en orden.
La madre del niño sol desolada y con el corazón en la mano, acudía al agujero volcánico día y noche.
Rogándole a la luna le devuelva a su niño estrella.
Rogándole al sol perdone a su rebelde ofrenda de amor.
Anciana iba aún día y noche.
Rogaba ajada la piel por su niño sol.
En lecho de camino hacia la paz eterna recibió la visita de un hombre moreno, tez arcilla, ojos de cristal.
Su sonrisa blanquecina la abrazó. La envolvió en el recuerdo de su hijo sol. Abatida esperaba suspirar desesperanza con el corazón agujereado a falta de la pieza de sol que la completaría.
En el silencio y la penumbra nigérrima, el moreno piel de arcilla sustrajo de sí la pieza redonda, atravesada por un rayo, regalo del tata inti que lo liberó hacia el encuentro eterno.
El sol contempló la ofrenda más magnífica. La madre en ofrenda por su hijo.
Contempló ese amor y aceptó esa ofrenda cotidiana.
Y el niño sol reunió sus piezas corazón con la madre tierra por siempre.
martes, 17 de julio de 2018
Microrrelatos
Fue de a poco que sucedió.
No fue repentino. Ella nació así.
Quizás podríamos decir que fue voluntario.
Pacto con el Creador.
Pacto de fusión.
Sucedió en un tiempo áspero, de sequía, de enorme tibieza y de mucho sol.
En un tiempo rispido sin oxígeno.
También sucedió en un tiempo de paz.
De renovación
Regeneración
Reverdecer.
Fue de a poco que comenzó a desarmar sus piernas.
Ancló sus pies y lo sumergió entre la tierra.
Fue en un tiempo lento en el que decidió no moverse más.
De un momento a otro sus extremidades le dolieron. Y dolorosa fusión alejó a todos y todo.
Su piel derramó lágrimas como espinas y se volvió intocable. Inabrazable.
Se volvió dolor.
Fue de a poco que la sangre avinagrada. Giró color verde espesa mucosa.
Salvia. Sangre salvia.
Estás espinas de piel fueron perforándola toda. Fuertes y rígidas. Nobles espinas decoraban su blanquecino cuerpo. Le dieron negrura, le dieron el color de una nueva vida. De su nueva creatura.
Y el corazón agotado.
Fue de a poco que sucedió. Sucedió un día de julio dónde se fusionó su naturaleza.
Llenó de espinas su cuerpo.
Se cubrió de madera verde quebrada y enterró su existencia en algún lugar entre Salta y Jujuy.
Fue de a poco que se abandonó. Cumplió su plan
Se volvió Cardón eterno.
Guachumama, guardián de la montaña.
Custodiando sus amores en el lugar que más sintió su sangre.
Echó raíces.
viernes, 6 de julio de 2018
Niebla
Agudizando la vista, buscando alcance visual.
Buscando entre la lejanía algo.
Algún horizonte cierto.
Alguna luz, alguna a la que ciertamente den ganas de avanzar.
Salir de lo estático. Romper los esquemas de las horas. Desafiar a Cronos.
Sentir el movimiento. Abandonar los círculos y los vicios.
Tratando de percibir siluetas. Tratando de sentirlas.
La desesperación lo hace agitar los brazos tratando de correr, tratando con sus brazos miserables, correr el manto tenebroso que lo envuelve.
Agudizando la vista hacia el cielo. ¿Cielo dónde estás?
El ceño fruncido desafía a esta noche nigérrima.
Le es inevitable. Insoportable.
Lucha pobre, agotando intentos al vacío tenebroso.
De golpe sintió el peso entero de sus heridas. Plomo lo enterraban en el suelo.
Se fue sumergiendo en en su propio Inframundo. Inhala neblina. Exhala oscuridad.
Ya no agudiza, los ojos ya no ven.
El cielo se volvió bruma.
Y su corazón tiniebla.
lunes, 25 de junio de 2018
Microrrelatos
Distraída transeúnte paseaba.
Agotada agobiada y alegre.
Con la cabeza en ningún lugar.
Con el corazón perteneciendo en la lejanía.
Tratando esquiva de no asumir el tiempo y la realidad que la rodea. Qué difícil le resulta estar creyendo.
Evasiva casi risueña viviendo sus décadas ajadas y recompuestas.
Distraída transeúnte paseaba.
Hasta que LO vió.
Lo vió y el corazón y la cabeza se enmudecieron. Sintió el fuego de su eterna presencia perenne. Sin fin. Espléndido.
Rojizo fuego flúor.
Entre verdes, el fuego de la Vida.
Entre paseos de rutina disociada entre cabeza y corazón, rompe la monotonía toda. Se quiebra la humanidad frente a tu verdad.
Frente a La Verdad.
Frente al que Es.
Distraída transeúnte paseaba.
Al encuentro, transeúnte, transfigurada por la belleza de la Verdad.
Fuego eterno.
Zarza ardiente.
domingo, 20 de mayo de 2018
Crónicas rotas XV
[estos relatos corresponden a algún día en los noventa porteños]
Suspiró con resignación ¿Por qué se empecinan? Digo yo.
¿Será que es tan necesario para la vida de una?
Me miro en posición. Frágil. Esquelética y diminuta. Puras ojeras y hoyuelos.
Mis pelos arratonados apenas se mecen con el viento porque me mantengo estática.
Papá quiere que esté en movimiento.
Y ahí vamos de nuevo. Lo siento empujar con fuerza. Asumo una velocidad inimaginable, mis cachetes agujereados se llenan de frío.
Viento en la cara, entrecierro los ojos y con actitud de fiera maleva agudizo la vista y me preparo para dar el salto.
Pedal pedal.
Ahí voy, soledad, equilibrio y maduración.
Ahí voy toda frágil blancuzca y arratonada.
Ahí voy y hacia la reja fui.
Cai estampada. Estática me quedé. Estática y con posibles frutillas en algún lugar.
Balbuceo cosas, no quiero llorar. Me da vergüenza llorar. Quiero que me devuelvan las rueditas y nadie me empuje hacia ningún lugar.
Quiero mi libertad.
Claro que no sabía nada de libertad.
Entre mis propias angustiosas palabras logro encontrar la respuesta a mis repetidas estampadas contra la reja de Libertador.
-mamá no me da sopa.
La sopa, aparentemente, era la fuente de vitalidad. De mi andar rumbeando sobre ruedas.
De disfrutar paseos estacionales con calorcito, fresco, luna y estrellas, o una lluvia amigable.
Gracias mamá por darme sopa para andar por la vida...tratando de mantener el equilibrio, absorta, sumida, distraída, a veces mirando al cielo, dichosa, de paseo en bicicleta.
Gracias mamá.
Mayo
Se estira el cuerpo, de a poco lo adormilado se despierta. Se abandona el sueño.
Abrir los ojos. Sentir ese sol frío. Temprano mañanero madrugador.
Sol de otoño. Tinta dorada color del sol y de los lunares que rodeaban su humanidad.
Piel sol
Ojos selva
Corazón tropical
Interrumpe el rayo que inunda el hogar. Usa sus dedos para coartar la rectitud con la que descienden hacia el suelo y expulsan afuera la gélida noche.
Dónde los sueños son tristes. El recuerdo amanece distinto cuando hay luz.
Mira. El horizonte porteño.
Rememora ese otoño especial.
Hace rato ya especial.
Otoño que le ilumina el cuerpo. Desarma las noches y acaricia.
Otoño crujiendo ruidoso en cada paso salvaje, dorado, romance.
Se abren los ojos y el corazón.
La experiencia de este otoño con suspiros de eternidad.
Porque desde hace un tiempo otoño abandonó el calendario de lo insignificante. Se escurrió doloroso.
Hace un tiempo otoño es Mayo. Y Mayo sos vos.
Y caminar musicalizando sobre las hojas del suelo es un canto para vos.
Y el paisaje antes extranjero ya es familiar en el corazón porque el multicolor ido fondo otoñal trae el recuerdo de los mates al sol.
Bufanda tejida por tus manos jazmin, y cafés negros derritiendo el mal humor.
Hace rato que este otoño robó su corazón. Hace rato que Mayo sos vos.
Piel sol
Ojos selva
Corazón tropical
Feliz eternidad. Los árboles todos te recuerdan inmenso sol.
lunes, 14 de mayo de 2018
Microrrelatos
Sin medir las distancias.
Ni el tiempo.
Apenas sintiéndose respirar.
En casi llanto se pintó la mirada.
Agitó el corazón.
Sintiéndose viva y casi muriendo.
Corría la sangre acelerada por las venas.
Sintiéndose viva y en tensión.
Atravesó el umbral de sus prejuicios y las múltiples capas de su crudeza.
Se enredó la voz en la garganta.
Se tropezó la respiración.
No se dijeron nada. No hacía falta.
Sintiéndose desarmados se sometieron al abrazo.
Sumiéndose en el otro ajeno.
Ya no otro.
Ya no ajeno.
Ya un abrazo.
Sin distancias. Sumergidos en el limbo. De las almas.
Desarmados.
Armándose en esta fusión.
Transformados en abrazo.
miércoles, 9 de mayo de 2018
Microrrelatos
Con total impunidad
Hay una naturaleza que la detiene
Y ella que se rebela. Atrevida se inflama
Se asoma hacia los límites de lo que la contiene. Va a trasgredir.
Maldita sensible.
¿O será ira?¿Conmoción?
Tristeza tal vez.
La desgraciada antes tenía pudor. Antes era solo un susurro en las tinieblas.
Hoy su inmensa revolución paraliza su humanidad. Y luego brota incontenible.
Con total impunidad ya nada le dice que no.
Ha logrado imagen cristalina. Se fue engrandeciendo, burbuja de si misma.
El abanico de pestañas que la rodeaba le hizo de telón y su acto de impotencia dió inicio a la escena uno.
Cerró los ojos.
Con total impunidad se le cayó una lágrima.
Y luego miles.
El millar del llanto.
viernes, 4 de mayo de 2018
30 de junio de 1998
Como buena fanática del tiempo que me concibió, me vio nacer y crecer; atesoro ciertos destellos. Hitos en mi historia personal que se me escapan en sonrisas de viajes imaginarios.
No es el relato de mi primer beso o de mi primer viaje en avión. No. No esperen que eso sea un hito.
Deambulábamos felices por las carnavaleras ruas de Brasil. Transitando el '98 se avecinaba junio. Un mes irrelevante en la vida de los mortales, incluso en la mía a pesar de cumplir años. Ese 30 de junio no pasó a la categoría de sonrisa obligada por ser mi cumpleaños número diez; pasó a ser parte de mi memoria por el evento futbolístico que azarosamente esperábamos en familia.
Hacía un año que habitábamos en la hermosa Río de Janeiro. Olor a sal, a sol, a carnaval. Junio nos encontró de festejo.
Convengamos que ni al colegio íbamos. La vida, era pura vida.
Silesia (otro de los grandes personajes que me hacen deslizar una sonrisa y marcar mis hoyuelos) nuestra amorosa Silesia se ocupó de armar la mesa como para un regimiento. Había de todo. Había mi postre Silesia favorito. Había pavé.
Pero también había partido. La fiesta del futbol se abría con el gallo francés poniendo su mejor empeño en parecer simpático.
Y los titulares salieron a la cancha. Y empezó mi cumpleaños número diez.
Mientras transcurría el evento mi mamá me hizo unas trencitas con cintas albicelestes. ¿Por qué? No sé. Estábamos de fiesta. Y casi que fiesta patria: jugaba Argentina vs Inglaterra.
En el show de goles y la euforia nos duelen sus dos tantos. Pero Batistuta y Zanetti nos hacen el empate.
Tensión. Comida intacta. El universo palpita.
El tiempo suplementario se transforma en una odisea. En una eternidad de gritos y gestos, degargantas colmadas de desesperación.
La sentencia. Penales.
Al patíbulo los once y detrás de ellos, todos nosotros. Y yo vestida de celeste y blanco y con cara de cumpleaños.
En cada microsegundo se va descomponiendo el cuerpo y en cada gol la adrenalina estalla y vuela en pedazos con forma de grito y ovación.
Se desarman los nervios, se eriza el cuerpo y se retumba. Quisieras que se escape en fuga el corazón porque ya resulta incontenible y doloroso.
Y ahí va. Lento, con toda la fibra de su cuerpo y su precisión. Parece que el ojo detecta esos movimientos milímetricos.
Dale Roa. Lechuga Roa. Desplegá tus heroicas alas, estírate a la conquista del universo. Casi se nos escapa un pensamiento.
Devolvenos la soberanía.
De nuevo, otras manos. Gesto divino. Atajada triunfal. Estruendo emocional.
Serían las mil horas...ya no sé.
Entre el bullicio y mis trenzas cumpleañeras lo veo a mi papá asomado a la ventana componiendo groserías para los brasileros que hinchaban en la calle por los piratas.
Mágico junio.
Cumpleaños de euforia.
Cumpleaños de gol.
martes, 24 de abril de 2018
Crónicas Rotas XIV
sábado, 17 de marzo de 2018
Microrrelatos
Hubo un momento en el que el universo fue mirando sigiloso.
Hubo una noción de movimiento entre la potencia y el acto.
Hubo un breve suspiro en el que fuiste rey y señor del cosmos. Te rindieron honores. Se abalanzaron por poseer te.
Hubo un millar de intentos de los amantes por detener tu mágica existencia. De apoderarse de tu propio poder. Necesidad de control y posesión.
Hubo un hombre orgulloso, terco y lleno de euforia que se sintió capaz. Se sintió tentado y se llevó tu existencia por delante.
Hubo un tiempo en el que el hombre gozaba de lo misterioso del tiempo.
Hubo un momento en el que el hombre se devoró los segundos y perdió el tiempo de lo eterno.
miércoles, 14 de marzo de 2018
Crónicas rotas XIII
Caracterizado por aquella pequeña gran falencia, iba él lleno de ilusión.
Iba balbuceando lo que le iba a decir.
Iba él hinchado el corazón.
Le rebalsaba la fantasía de un futuro común. Cuál soñador había fabricado un horizonte encendido fuego que los tenía a ambos como protagónicos.
Sentía que el alma se le disolvía en esta idea.
Torpe, atolondrado, atropellado iba agitado y feliz. Dichoso.
Ella era su dicha.
Caracterizado por aquella pequeña gran falencia, tropezó abrupta su humanidad.
El suelo se estalló en su cuerpo y sintió el calor de la humillación pública.
Se levantó, desordenado, palpó su pecho y recordó su ilusión.
Le pareció que la veía.
Sintió su silueta cerca. Y con una mueca infantil la saludó y le pidió silencio haciendo gesto de enfermera.
Desarmó su rollo verbal; entre balbuceo y agitación resumió su amor. La amaba como jamás hubiera sentido posible y se lo estaba diciendo.
Tremenda, inmensa, insoslayable confesión.
La sombra de su amada se agachó. Le devolvió la vista al pobre miope. Y le sonrió.
Le sonreía sin embargo una completa extranjera a su corazón.
-se le rompieron los anteojos.
Te equivocaste de amor
Echaste a perder tu declaración
Pobre él, miope ilusión.
miércoles, 7 de febrero de 2018
Crónicas rotas XII
[Lo que parece ficción se trata de un hecho real. Acaecido en el invierno 2017. Tengo testigos]
El agotamiento universal la poseía. Todo el cansancio del universo posible e imposible estaba sobre sus espaldas. La reina del malhumor. Del drama.
El movimiento casi sensual del tren la dejaba adormilada. Era su somnifero diario. Con sus pequeños movimientos espasticos se fue deslizando por el andén cual espectro. Arrastró sus zapatos invernales. Se llevó puestas las sonrisas de los que la cruzaban y aniquiló cualquier saludo que escapara de lo gestual y pretendiera irrumpir en su espacio personal con un típico beso al aire, choque de cachetes y emulación del movimiento labial.
Así, ella y su inquietante frialdad se frenaron frente a la columna que hace de paso necesario para entrar a las aulas.
Se paró guardián. Amenaza para cualquiera que quisiera desafiar su rudeza llegando tarde.
...
Fue allí donde se descuidó. Donde su postura perdió su tensión. Donde se rompió su cristalina burbuja de hiel.
Aquella simpleza, transparente, llena de confianza. Rompió su desconsuelo, su protección absurda e infantil. Aquella infante fue el cariño maduro que la salvó ese día.
La niñita desconocida hasta ese día de invierno, subió los inmensos escalones para su infima humanidad, sin miedo y sin mirar, la abrazó. Abrazó su fiereza. Abrazó a una total desconocida. Por confusión o por providencia.
Pequeña sanación se mantuvo firme. Sus bracitos enroscaron las rodillas gélidas de la desconocida hasta que su mamá rompió el ritual de salvación advirtiéndole que estaba abrazando a una extraña que no era su maestra.
La chiquita, sin soltarse, miró hacia arriba, se anaranjados sus cachetes y se fue hacia la mano de su mamá.
Se fue dichosa.
Su confusión fue victoria.
Vino a romper su rutina.
Vino a romper su invierno.
lunes, 5 de febrero de 2018
Crónicas rotas XI
domingo, 4 de febrero de 2018
Crónicas rotas X
Respiraba lento. Al compás de su propio latir. Corazón. Inhalación. Exhalación.
Los ojos caídos. Razgados por lo que vieron y ven pasar.
Tedio. Aburrimiento. Abulia.
Ya no suspiraba deseos ni siquiera defectos podía detectar.
Todo aquel movimiento, potencialidad y virtud pegados a un libreto diario. A un papel fabulosamente interpretado.
La rutina lo hacía respirar al compás de su propio aletargamiento.
No había llantos, ni risas, ni codicia, ni avaricia, ni ambición, ni dolor. No había pasión.
Respirando armonioso, componiendo su propio ritmo, al paso de la nada misma. Se golpeó el corazón. Se encontró desorientado, con miedo, perdido.
Se sintió conmovido. Se sintió.
Extraño no pudo reconocerse. Se ruborizaban los cachetes. La panza le dolia, sentía ansiedad, insomnio, mente poblada de imágenes, de esos ojos.
Armónica respiración era caos.
Sinfonía transformada en un carnaval de histeria.
Afiebrado de alma y cuerpo, exhausto, agotado y agobiado. Se sentía morir.
Dolosoro con su poca fuerza sintió la vitalidad. La dulzura emanada y generosamente compartida. Se sintió renacer.
Sintió el compás latiendo y respirando.
Sintió que sentía, que se sentía pleno.
Sintió que era invencible.
Sintió que iban de la mano y que el mundo era armoniosamente suyo.
miércoles, 31 de enero de 2018
Crónicas rotas IX
En el amplio abanico de supersticiones, donde la ficción supera la realidad. Allí en ese limbo popular donde nacen los dichos y las obsesiones, los deseos tienen razón de ser.
Tratando de hilar cada una de estas situaciones donde los hombres ponen a merced de una vela, de un bichito, de una pestaña o de un arcoiris; me encontré con diversas circunstanciass. Prueba de la docilidad mental con la que viven los hombres.
Dando la primera puntada, observó con atención la risa nerviosa de este joven. Sin dudas lo social no era su fuerte por lo que el canto que ya de por si es incómodo, resultó inmensamente tenso.
Pero su rostro contraído de la emoción no podía dejar pasar este momento. Los planetas se alinearon, pensó. Nadie se va a atrever a romper la magia de este momento.
Yo lo imaginé con ese gesto atontado. Lo imaginé? No, era real.
Con poca sutileza entonces y desplegando su completa falta de habilidades sociales el joven inspiró con fuerza y exhaló.
Arrugando sus grandes y verdes ojos como si la fuerza de apretar elevara más rápido y alto la plegaria.
Siguiendo prolija el camino de los deseos me encuentro con la peculiaridad de sostener una vaquita de San Antonio.
El juego que se genera es absolutamente apasionante.
Se la mira, si hay confianza se la pasan de brazo en brazo, se encorva el cuerpo y pronuncia frases con extraordinaria inocencia. Y casi que prepoteando al pequeño espécimen, se sopla para simular que ha tomado vuelo y los deseos se han ido en él. En el caso de que el soplido no funcione, se la tortura con excesos de pasaje entre dedo y dedo hasta que la pobre cae atontada y decide echar vuelo.
Avanzo agotada de tanta incredulidad e infantilismo hacia lo que realmente es una suerte de suicido a la madurez. Dedo y dedo sudoroso se unen. Ellas adolescentes y risueñas se aprietan los dedos entre sí con el complejo objetivo de quedarse con la pestaña. Alguna que otra vez han hecho trampa corriendo el dedo para quedarse con el premio, que no es otra cosa que el cumplimiento real e inmediato de su deseo.
Tanta aridez mental.
Finalmente, así como lluvia con sol se casa una bruja. Lluvia con sol arcoiris multicolor.
Color que en su final debiera guardar los tesoros más preciados por la humanidad.
El que encuentre el fin del arcoiris...
Frente a esta incongruencia mental tomo nota de lo importante.
Hay deseos. Vienen en promedio de a tres. Algunos valientes se la juegan por solo uno
para capitalizar la fuerza del mundo de los deseos.
Hay imaginación. ¡Y si que la hay! (Decirle vaca de san Antonio...)
Hay magia. De la misma magia con la que uno mira un horizonte incierto y se anima a pedir deseos.
Me sonrió con severidad luego de estas breves conclusiones.
Y decido anudar el hilo con el que fui cosiendo estos insólitos destellos de esperanza, karma, providencia, destino, universo y demás estrellas.
Cierro el nudo.
Se apagaronas velas.
La vaquita de San Antonio se voló.
La pestaña no quedó en ningún dedo.
Y el arcoiris no tiene fin.
martes, 30 de enero de 2018
Crónicas rotas VIII
Ella decidió empapar ese cartón sin vida con todo el romance contenido.
Decidió romper sus propios estereotipos arquetipos y tipos.
Salió llevándose el verano boreal puesto en sus cachetes. Sentía que el tiempo le pisoteaba los talones. Y corría como si no fuera a encontrar ninguna postal en toda la ciudad.
Buscó con sutileza. A ver, se trataba de un paso hacia el avismo. Existiendo la fría conexión virtual ella eligió desarmarse y tener el coraje de dejarlo por escrito en celulosa eterna.
Lo que su corazón le gritaba se iba a traducir en vigorosa tinta.
Se le cayeron las palabras en el papel. Algo breve porque el modo no era su fuerte. Salivó la estampilla.
Busco la dirección.
Se sintió nerviosa y las m le salieron temblorosas y se equivocó escribiendo su propio nombre.
Sintió que perdió algún latido cuando la postal se deslizó desvergonzada por el buzón.
Flotaría algún tiempo y la sal corrompería su fineza.
La imagen quijotesca de Alcalá quedaría decolorada, los bordes ajados y alguna que otra letra perdería su fineza. Pero las palabras surcaban toda la postal, eran lo sepultado sacado a la luz en un impulso de romance único.
El tiempo y el silencio le tatuaron un gesto duro y frío. Ella había echado luz y ahora solo quería habitar en la tiniebla de la razon.
Cuando la circunstancia le dió un reencuentro tuvo ganas de preguntarle. Sintió una presión cardíaca que no la dejaba sonreír.
-Te mandé una postal...de viaje. Pero no dijiste nada.
-¿Una postal? Jamás recibí nada. Qué antigüedad igual, habiendo internet.
Me hubieras mandado un mensaje.
domingo, 21 de enero de 2018
Crónicas rotas VII
En absoluto silencio. La mente en oscuridad total.
El corazón se balancea equilibrado simplemente late.
Todavía no ha madurado lo que realmente siente por este particular otro.
Ha decidido sepultar, enterrar, deformar todo lo que de este otro proviene.
Su olor. Su sonrisa. El peculiar gesto que hace con la nariz. La mirada ávida y luego vacía, claro. La satisfacción de su abrazo. La paz desu silencio.
Ha decidido su muerte en vida. Ha regado con sus lágrimas el pasto de su tumba y espera que nada florezca allí.
Hubiera deseado arrojar cal en ese hueco.
Este es su presente actual. La mente en un limbo de rutina y pensamientos. La nada.
Pero la humanidad. Extraordinaria rareza.
Se apersona el otro. Obnubila la mente en oscuridad total, y resucita.
Todo ese otro renace al presente. Sobrevive al subsuelo al que sus lágrimas lo sometieron.
Atraviesa esa espesa sepultura de orgullo.
En la plenitud de ésta revolucionaria resurrección, posee en sus manos el perdón. Su propia redención.
El avanza sobre el silencio. A ella se le desordenan los latidos.
El avanza sobre su propia tumba. A ella se le termina la respiración.
El avanza y pisotea su orgullo. Sonríe con esa sonrisa de seducción, de burla, de mentira.
Y rompió el silencio.
Iluminó la mente.
Resquebrajó el orgullo.
Se rompió el corazón.
Volvió muerto a su tumba por tan sólo no pedir perdón.
Y ella arrojó cal sobre su recuerdo.
lunes, 15 de enero de 2018
Crónicas rotas VI
Se despierta laboriosa. La caracteriza su mesurada dedicación. Casi obstinada por cada partícula de su trabajo de construcción. Levantar obras de arte.
Va recolectando arduamente cada ínfimo detalle. Es muy cuidadosa. Almacena en su ordenado archivero cada luz, olor, sonido, música, alguna carcajada. Esos ojos también. Y esa sonrisa.
Arrugas tal vez. O simplemente un momento.
Cautelosa se adelanta y busca en su archivo mental. Reúne las condiciones. No es una improvisada. Analiza cada situación y despliega las variables, hipótesis de lo que pudiera pasar si ella entra en acción. Analiza los daños.
Se ocupa y preocupa de poner cada cosa en su lugar cuando siente que es el momento indicado, despliega su magia, se vuelve ágil, sabia.
A veces incluso más fuerte que la persona que la posee. Porque seamos sinceros, hay gente que se pelea con su propia memoria.
Suspicaz decide interrumpir esta monótona cotidianeidad. Aburgesamiento de las ideas. El calendario de enero la empodera. Se envalentona corajuda.
Empieza a tejer su maraña.
Rearma.
Reconstruye.
El rompecabezas de aquel jueves va tomando forma. El pasado en ese entonces un presente trunco.
El reloj marcando el enero porteño. La sensación de estar expectantes frente a una adrenalina que se desea pero se odia a la vez. Querer que pase. Algo.
De a poco su trabajo cobra formas muy claras y la persona va reviviendo.
La memoria hace su trabajo. Le da sentido a su existencia. Y vas reviviendo.
Ese helado que torpemente comiste. Esos minutos que te demoraste por cambiarte. Ese mismo lugar frío. Y la gente agolpada en la puerta de la habitación del segundo piso.
¿Por qué están afuera?
Su trabajo artesanal te pone en presente esos ojos caídos.
Ella se ocupa de reconstruir la mirada exacta del dolor.
Y de repente con la transparencia de lo vivido te acordás del exacto momento en el que hace nueve años te dijeron que ella no estaba y no iba a estar.
Y te rompiste un poco.
Y la memoria es tan increíblemente exacta que te volvés a romper un poco. Hoy, con el rompecabezas del ayer. Como un recuerdo constante, como un pasado inolvidable. Como un eterno recordatorio.
La memoria cumple su trabajo. Guarda sus carpetas. Recoje todo lo que desplegó para traer este día al presente.
Se despierta día tras día laboriosa.
Reconstruye el dolor.
Pero también sabia ella, te recuerda que te parecés, que a veces te reís igual, y que en esa despedida, de un viernes trastocado, le dijiste que te ibas a agarrar fuerte de su mano para que el cielo las reciba.
No hace falta trabajo de memoria.
Porque es la promesa de un corazón roto.
Que sabe donde está su consuelo.